¿Son los impuestos y los contadores un mal necesario?

Por Gabriel González Nares (Gen. 2014)

Impuestos y contadores: participación ciudadana y guardianes de la justicia fiscal

Para Elizabeth y Leonardo Salcedo García, contadores públicos.

 

¿Pagas impuestos? Yo cada mes lo hago. Debo consultar a mi contadora de cabecera y siempre me viene un pensamiento incómodo: bien podría ahorrarme el precio de los servicios contables y gastarme ese dinero y el de los impuestos en cerveza o en trajes nuevos. Sin embargo, resignado, reuno la cantidad mensual y pienso: “los contadores, como los impuestos, son un mal necesario.

¿Es esto verdad? Pagar cada mes los impuestos a Hacienda y los servicios de un contador van más allá de la molestia mensual de gastar cierta cantidad en algo que no es inmediatamente placentero para nosotros. Es razonable que exista molestia por contribuir, pero ni los impuestos ni los contadores son un mal necesario. Al contrario, son una oportunidad de construir el bien común desde nuestro lugar en la cotidianidad por dos razones importantes: 1) las contribuciones fiscales son una manera de participación política, y 2) el contador no es un mal necesario, sino un profesional al servicio de la justicia pública y fiscal. Si analizamos estos dos puntos con mayor profundidad probablemente tengamos una mensual sensación de satisfacción en vez de la habitual resignación amargada.

Las contribuciones fiscales, un modo de la participación política

Todos somos miembros de la comunidad política. Pensemos cómo sería nuestra vida en completa soledad: sin conversaciones, sin comercio, sin pareja, sin empatía por el disfrute del otro que es semejante a mí. Por eso Aristóteles pensó que el hombre que vive en completa soledad es una bestia o es un dios. Así, la base de la sociedad es doble: la empatía, o sea, el disfrute del otro porque somos iguales, pero también la necesidad del otro, porque mutuamente nos beneficiamos de la convivencia, bienes, intercambio, etc. La capacidad natural de convivencia lleva a la construcción de la ciudad, la polis, en la que los hombres solucionan sus necesidades y también encuentran el ámbito propicio para desarrollar su excelencia y su racionalidad, no sólo en el sentido individual, sino en el comunitario. Pero la vida en la ciudad también tiene sus problemas: convivir con extraños, evitar la violencia, relacionarse con otras sociedades, combatir la enfermedad y la pobreza.

Para resolver estos problemas, los ciudadanos recurren a la figura de la autoridad (sea el rey, el senado, etc.) de modo que se garantice la presencia de seguridad en la ciudad, la impartición de justicia, la salud y alimentación de los más pobres. ¿Hay inseguridad? Es posible pagar guardias. ¿Se necesita impartir un juicio justo? Es posible pagar a un juez o abogado. ¿Hay que hacer la paz con otra ciudad? Se puede pagar un embajador. ¿Hay que asegurar la salud y la alimentación de los más pobres? Es posible pagar médicos y alimentos. Pero, ¿cómo sufragar los gastos de tantas necesidades? Es aquí en donde entran los impuestos, pues ellos se convierten en el modo de pagar los gastos de la manutención del bien público. Sin impuestos, no hay guardias, jueces, abogados, embajadores, salud pública o combate a la pobreza. Sin nuestras contribuciones, la construcción del bien común se detiene. Si no contribuimos es como si no votáramos, o como si calláramos algunos aspectos de un mal gobierno.

“El contador no es una carga mensual para nuestros bolsillos, ni es un burócrata inútil, sino que es un servidor de la justicia fiscal porque calcula lo que el individuo libre puede contribuir al bien público sin hacer merma de su bien privado”.

En suma, sin contribuciones se destruye el cimiento material, siempre necesario, que sostiene el bien común.  Nadie puede construir una ciudad sólo sobre buenas intenciones, pues el bien común tiene siempre una dimensión material. Dejar a la sociedad sin nuestra contribución  fiscal es como minar la base material de aquél bien común. Y, muchas veces, lo único que podemos dar es nuestra contribución fiscal, pues, entre los trajines de la vida diaria, no tenemos tiempo de contribuir directamente a la construcción del bien común ya sea donando despensas, dando clases gratuitas o construyendo casas. La contribución fiscal, aunque discreta, es una clave para la construcción del bien común y del bienestar de la sociedad. Es un modo de la participación ciudadana. Tener esto en mente sin duda que nos dará una disposición mejor para pagar nuestros impuestos mensuales de buena gana.

El contador: un profesional al servicio de la justicia pública

Ahora bien, el contador, como cualquier otro profesionista liberal, cobra por lo que sabe más que por lo que hace. El ingeniero cobra por diseñar y reparar máquinas. El abogado cobra por defender en los juzgados. El médico, por sanar a los enfermos. El contador, por calcular con justicia la cantidad que los contribuyentes deben a Hacienda. El contador es un constructor del bien común que cuenta con un lugar privilegiado, pues media entre el Estado y el ciudadano de a pie cuando calcula lo que el contribuyente puede pagar proporcionalmente según sus ingresos.

Cuando pagamos a un contador no sólo nos aseguramos de que no tendremos problemas con Hacienda en el futuro, sino que apostamos por el diálogo social en el que todos los ciudadanos, gobernados o gobernantes, pueden participar, ya sea exigiendo una contribución para construir el bien común, ya sea para contribuir monetariamente de una manera justa, o ya sea para calcular esta contribución de manera honesta y justa. La ciudad sin contadores sería presa fácil de los corruptos y permanecería sin voz ante los abusos de los que pretenden adueñarse del bien público.

Así, vemos que el contador no es una carga mensual para nuestros bolsillos, ni es un burócrata inútil, sino que es un servidor de la justicia fiscal porque calcula lo que el individuo libre puede contribuir al bien público sin hacer merma de su bien privado. El contador es un guardián de la libertad económica del individuo porque, con su profesión, impide que el trabajador individual sea expoliado o se convierta en un medio de producción de dinero para el Estado. El contador es un garante de orden en una ciudad propensa a la corrupción y la opacidad. En suma, el contador procura que el contribuyente sea visto siempre como un fin con dignidad propia, y no sólo un medio para servir al Estado con su dinero. ¿Dejaríamos de pagar a un abogado que defienda nuestra dignidad de individuos libres y racionales? ¿Dejaríamos de pagar a un médico que cuide de la dignidad que está en nuestro bienestar y salud? Estoy seguro de que no. Por razones semejantes conviene pagar los servicios de un contador.

De modo que, con la revisión de estos dos argumentos, nos disponemos a contribuir razonablemente con la construcción del bien común, pero también, a hacerlo con sentido de responsabilidad y de participación ciudadana útil. Todos, como contribuyentes, contadores o administradores, somos constructores del bien común. Paga tus impuestos, construye la comunidad.

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