Odium dicta: el nuevo entretenimiento

La frecuencia con la que podemos leer las disputas en Twitter o los chismes de Facebook nos ha hecho olvidar las tragedias de La rosa de Guadalupe. Ya no tenemos que esperar a que el reloj marque las cuatro de la tarde para cambiar la transmisión al Canal de las estrellas, porque con solo abrir cualquiera de esas dos aplicaciones podemos disfrutar las mejores peleas verbales. Y, por si fuera poco, la emoción aumenta al recordar que éstas no son actuadas.

Como consecuencia de la difusión de los discursos de odio en internet, Gustavo Ariel Kaufman realizó un análisis sobre la libertad de expresión y su relación con el internet [1]. Por un lado, reconoce que el internet garantiza una “democracia en un sentido más amplio: no solo a nivel gobierno, sino a nivel cultural” [2], pues permite la libertad de expresión de todos los usuarios. Nuestros comentarios ya no pasan a través de un editor que controla qué se publica y qué no. Sino que podemos hacernos oír en todo momento sin ninguna clase de filtro externo. Es así como el internet parece ser la herramienta perfecta para garantizar la igualdad en libertad de expresión.

No obstante, el uso negativo que le hemos dado (como medio para manifestar nuestro odio) nos lleva a reevaluar (i) las ventajas de sabernos escuchados desde el anonimato y (ii) el modo en que opera esta herramienta. Kaufman se enfoca en este segundo punto. Señala que el internet carece de un regulador que garantice su buen uso. Es decir, los discursos de odio disminuirían con la existencia de una autoridad administrativa encargada de controlar los contenidos publicados.

Kaufman desglosa su solición en veinticuatro propuestas [3]. Claramente necesitamos una autoridad en las redes que sancione a los agresores, tanto a nivel nacional, para que sean penalizados con las leyes del territorio en el que actuaron [4], como a nivel internacional, pues los mensajes intercambiados muchas veces van de un país a otro. Sin embargo, Kaufman olvida una parte importante del problema, no propone soluciones para atenderlo de raíz. Aunque sí plantea las preguntas correctas: ¿por qué tantas personas que comparten las mismas inquietudes han tenido que recurrir a discursos de odio para hacerse notar?, ¿por qué los usuarios tienen que recurrir al anonimato para expresar su inconformidad? [5], ¿será la falta de compromiso?

Lamentablemente su propuesta y muchas otras se banalizan si esperamos que las autoridades solucionen todo. De nada sirve que nos provean de editores o de espacios públicos si nosotros somos los primeros en fomentar los discursos de odio, si seguimos alimentando con “likes” y “favs” a las empresas de chismes que han sustituido a nuestras telenovelas.


[1] Ariel Kaufman, G. Odium dicta, Libertad de expresión y protección de grupos discriminados en internet. SEGOB-CONAPRED, México, 2015. Páginas 48 a 83, y 219 a 243.

[2] Ídem. Pág. 75

[3] Ídem. 219-243

[4] Dentro de sus propuestas menciona “1) Establecer la jurisdicción nacional mexicana para toda persona que realice transacciones económicas o financieras en México y la aplicación de la ley nacional respecto a casos de odium dicta” (pág. 220), “15) Una ley general (con reforma constitucional) que permita unificar la definición de delito (…) 16) Redefinir el delito de odium dicta” (pág. 238) y “23) Regulación del espacio público digital análoga a la regulación del espacio público físico” (pág. 242).

[5] Aunque muestren su nombre hay una especie de anonimato en el sentido de que no muestran su cara; se esconden tras una pantalla.

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