El lenguaje a la distancia

Por Luis Bazet (5to semestre)

El español es una de las lenguas más habladas del mundo. Es la segunda o la cuarta más hablada, depende de cómo cuenten, pero para que no nos peleemos supongo que podemos decir que es la tercera. Ése es un dato que casi todos en México sabemos o nos imaginamos y que nos importa bastante poco. Solemos mantener una relación con nuestro lenguaje de estricta cortesía o de módico interés, como con algún tío lejano o un amigo de la infancia.

No es así cuando uno se encuentra lejos de la madre patria. Llevo unos cuatro meses viviendo en Lyon y nunca me había sentido tan cercano a mi lengua. Más que mexicano, me siento hispanohablante. Lo digo con alegre sorpresa y como apología de la esperanza. A la tajante puntualidad de nuestras fronteras físicas se opone la magnífica amplitud de nuestras barreras lingüísticas, que de barreras tienen muy poco y que se parecen más bien a las líneas de tren o al marco de una puerta.

Mientras escribo estas líneas, pienso en una chica argentina llamada Sofía, a quien conocí aquí y quien se nos acercaba mucho a una amiga colombiana y a mí en las fiestas porque, según sus propias palabras, sólo con nosotros se sentía en casa. Entre los latinoamericanos nace la complicidad de un modo muy destacable. En nuestros países de origen, si queremos hacerle a un amigo algún comentario insidioso sobre un tercero, debemos bajar la voz o pasar la conversación a un sitio más privado. Por otra parte, aquí en Francia podemos hacer declaraciones de lo más ofensivas a todo volumen sin temor, pues igual nadie nos entiende (en todo caso hay que cuidarse de los italianos, cuya comprensión de nuestra lengua solemos subestimar). Así, los latinos suelen buscar a otros latinos para conversar, ya sea por facilidad lingüística o por interés confesional.

Pienso también en la multitud de latinoamericanos que me he encontrado en el pont de la Guillotière, primer puente lionés en cruzar el Ródano. Tiene el dudoso honor de acoger por las noches, en uno de sus extremos, a una gran cantidad de bebedores clandestinos. Lo cual por supuesto es ilegal pero absolutamente a nadie le importa. En cierta ocasión me topé ahí con un grupo un tanto extenso de latinos. Debían ser unos once o doce y todos y cada uno eran hijos de exiliados. La mayoría eran venezolanos, pero también había dos hondureños y un guatemalteco. Algunos de ellos habían nacido en Francia.

Recordar ese encuentro me provoca cierta ternura. “Exilio” es una palabra oscura y misteriosa; es difícil pensar en ella sin connotaciones negativas. Pero ahí estaba yo frente a un grupo de personas profundamente agradecidas de que sus padres hubiesen decidido abandonar la patria. Y ellos bebían vino y fumaban cigarrillos franceses y no sentían nada siquiera parecido a la nostalgia por aquellas tierras al otro lado del océano. El hecho, la incontrovertible realidad, es que el exilio había consistido para ellos en una experiencia feliz.

El último regalo que los miembros de este singular grupo obtuvieron de sus países, y tal vez el único que estarían dispuestos a aceptar, fue el lenguaje. A través de nuestro idioma habitamos naciones, propias o ajenas, y nos guarecemos de añoranzas posibles pero inconvenientes, que no pocas veces son únicamente el embozo del masoquismo. La lengua es una suerte de hilo rojo capaz de conectarnos con los destinos de nuestros semejantes. También es una de las pocas luces de bengala disponibles para los participantes del inenarrable éxodo latinoamericano, o del éxodo humano en general, que a veces pienso que ha existido desde siempre y que nunca se va a terminar. Y esto: un hogar más duradero que la casa y menos volátil que la ciudadanía. Un refugio; en fin, una piel o un ligamento.

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