El abuso sexual: un problema político

 

G. G. Jolly

@el_tirapiedras

Días antes del terremoto, lo que ocupaba ciertos titulares e invadía mi burbuja en las redes sociales eran la indignación, la campaña y la marcha del 17 de septiembre sobre los feminicidios recurrentes, el abuso y acoso sexuales cotidianos y la violencia sistemática con que viven las mujeres de este país. Tras la violación y asesinato de Mara Castilla en Cholula, Puebla, estudiantes, activistas, organizaciones y mujeres en todo el país protestaron en las calles y en las redes, al grito de #NiUnaMenos y #VivasNosQueremos.

En las últimas semanas, además, una oleada de acusaciones contra el otrora omnipotente productor hollywoodense, Harvey Weinstein, ha destapado la cloaca de la industria, con numerosas víctimas haciendo públicas nuevas o reafirmando viejas alegaciones contra notorios y —lo que es peor— sabidos acosadores, abusadores y aun violadores: Bill Cosby, Ben y Casey Affleck, Oliver Stone, Roman Polański, Woody Allen, Bill O’Reilly y Roger Aisles, Johnny Depp, Jared Leto, Lars von Trier, Louis CK y, la gota que derramó el vaso —por tratar de desviar el escándalo mediante su desclosetamiento—, Kevin Spacey.

Así, muchas mujeres, famosas o no, en el extranjero y en México, han compartido, bajo el hashtag #MeToo, ya no sólo incontables artículos y estadísticas aterradoras sobre el problema, sino también sus propios testimonios —que van de lo aparentemente trivial hasta lo patentemente escalofriante—, para poner el dedo en esta llaga, normalizada por cotidiana e invisibilizada por negligencia culpable. Y, como suele suceder cuando se toca una llaga purulenta —en especial, la del abuso sexual—, que toca las heridas más íntimas, dolorosas y vergonzosas de unas personas y conlleva confrontar la autonegación, miopía y privilegios de otras, saltan los chispazos. La justificada indignación de unos topa con el muro de autodefensa de otros, mientras que el complicado ámbito de las emociones humanas, sacado a la palestra pública y alimentando el frenesí mediático, opaca los argumentos racionales y, ya no digamos, los inquietantes problemas psicológicos, éticos y políticos que ambas posturas y su confrontación plantean.

Al tratarse, pues, de un asunto dolorosamente frecuente para al menos la mitad de la población y que afecta, como responsables o culpables —y no pocas veces también como víctimas—, a la otra mitad; que genera tempestades mediáticas y oleadas de indignación pública; que involucra tribunales y leyes, normas morales y reputaciones, principios jurídicos y procesos criminales; que, en resumen, atañe al mundo empresarial y político, educativo y cultural, a los medios y a las iglesias, es decir, a la sociedad en su conjunto, no veo mejor manera de atacar el problema del abuso sexual —que, casi siempre, es, además, abuso de poder— como un problema político.

Pan de cada día y pesadilla jurídica

Sé por experiencia —biográfica y testimonial—, así como por estudio académico, que no por aterradoramente común, omnipresente y cotidiano, el abuso sexual deja de ser un tema increíblemente complicado. Desde su definición conceptual, explicación psicológica, calificación moral, tipificación jurídica y gestión pública, nos topamos con un verdadero galimatías de paradojas, contradicciones, emociones exaltadas, pensamientos oscuros, preguntas de suma gravedad, culpas profundas y mucho, mucho, sufrimiento.

Comenzando porque hasta hace apenas algunos años hemos ido tomando conciencia del problema: pensemos, si no, cuán recientes son la psicología como ciencia, la liberación sexual y el feminismo, las enmiendas legales para tipificar y juzgar el acoso o abrogar el “débito conyugal”… Vaya —y aún estamos en pañales en esta materia—, cuando Harvey Weinstein se escuda bajo “la cultura de oficina de los sesenta, tipo Mad Men” o Donald Trump desdeña la infame cinta donde admite acosar y toquetear mujeres como mera “charla de vestidor”, mucha gente se cruza de brazos y asiente: ni siquiera entienden que no entienden.

Sin ir tan lejos, como a la misoginia que se traduce en millares de feminicidios en México —donde hay quien ni siquiera está dispuesto a aceptar la palabra misma, por creerla mero síntoma de corrección política y no un término jurídico que refiere un tipo específico de crimen, con motivaciones y circunstancias específicas—, sólo hace falta echar un vistazo a los vergonzosos índices de inequidad salarial y discriminación laboral en todos los ámbitos para constatar la existencia de un sexismo endémico y sistémico, incluso en las sociedades supuestamente más avanzadas del mundo —pregúntenle, si no, a la mujer extremadamente preparada que perdió las elecciones contra un payaso de televisión, novato y abiertamente misógino—. O bien, hizo falta que una organización planetaria, antiquísima, prestigiosa y poderosa como la Iglesia Católica se viera sumida en una crisis generalizada de escándalos para que el problema del abuso sexual y de poder se pusiera sobre la mesa —y, aun así, me parece que sólo parcial y superficialmente—, exhibiendo hábitos malsanos de siglos, puntos morales ciegos, obsolescencia de numerosas leyes, incompetencia de los mecanismos de impartición de justicia canónicos y seculares, redes de corrupción y colusión, etcétera.

No se trata de una “moda”, sino de un problema real, gravísimo, del día a día, que involucra nuestras instituciones y leyes, nuestra moral pública y privada, que pertenece al ámbito laboral y de alcoba, que toca el núcleo mismo de nuestras relaciones interpersonales y alcanza los más problemáticos rincones de nuestra psique (los que tienen que ver con el poder y el sexo, la pasión y la voluntad, la vulnerabilidad y la seducción, la confianza y la intimidad…).

Jurídicamente, de hecho, el abuso sexual es una pesadilla procesal, donde todo se reduce, a menudo, a la confrontación entre dos testimonios acerca de un presunto hecho que, por lo general, tuvo lugar a puerta cerrada, sin testigos, involucrando circunstancias diversas, psicologías complejas y emociones íntimas inaccesibles, probablemente tiempo atrás. Salvo los casos de violación como tal, que pueden dejar vestigios constatables a corto plazo, sobre todo si hubo violencia física, ¿cómo establecer la veracidad, plausibilidad o causalidad de los hechos, las circunstancias acaso atenuantes o la naturaleza de las intenciones de los involucrados?

Peor aún, sabemos que, inclusive en los casos de violación, la frialdad del Derecho —en el mejor de los casos— o la incompetencia o corrupción de las autoridades —en el peor— lo único que hacen, al interrogar en busca de hechos y circunstancias o para establecer la credibilidad de las partes, es violentar más a la víctima o hasta responsabilizarla. De manera que al abuso propiamente sexual suele seguir un abuso de poder, mediante el que la víctima es intimidada, desacreditada, cooptada o hasta perseguida. Si el abuso sexual se resuelve, pues, en un tribunal, tiene las de ganar quien mayor peso pueda aportar a la balanza, ya sea a través del respaldo institucional, la capacidad económica, la reputación profesional o el equipo de asesores legales a su disposición.

De ahí que, en consecuencia, el dinamismo democratizador de las redes sociales y la nueva conciencia del problema constituyan el gran remedio a un gran malestar. Gracias a esto, ni siquiera el más rico y poderoso de los hombres puede tapar el escándalo o atemperar la reprobación moral con abogados, sobornos o amenazas; una vez que se lanzan los cargos a la mar cibernética, ni siquiera el más concienzudo de los litigios ni la retractación explícita de la parte acusadora puede reparar una reputación. Lo cual, desde luego, implica un exceso potencial de linchamiento público que ni las más estrictas leyes contra la difamación pueden solucionar. No obstante el más transparente de los veredictos exculpatorios, una sombra de sospecha precederá, irremediablemente, a quien haya sido acusado de abuso sexual, por ingenuidad o maledicencia, aunque sea una vez. Esto no quiere decir que se trace una equivalencia de ningún tipo entre la presunta difamación y un supuesto abuso sexual, pues claro que no da igual el daño a una reputación —aunque tampoco es menor— que el trauma psíquico —y, a veces, el físico— que deja un abuso sexual.

“Desde luego que no puede haber misericordia sin justicia”.

Con lo que, a mi parecer, topamos con un nítido caso donde el Derecho es por demás insuficiente. La estricta letra de la ley, aquí, ni repara el mal ya hecho ni restaura la armonía social. Dura lex sed lex. Como dice Portia en el juicio de El mercader de Venecia: “Aunque la justicia es vuestra petición, considerad que en el andar de la justicia ninguno ha de ver salvación; y por eso imploramos misericordia”. Desde luego que no puede haber misericordia sin justicia —demasiado tiempo han quedado ocultos e impunes tantos atropellos y abusos, al grado que continúan sucediendo a diario—, pero no basta la mera justicia, ni en su proceso —que sólo reabre heridas o hasta causa algunas nuevas— ni en su fin —que, aun si hay condena de por medio, suele suscitar más venganza que rehabilitación—.

La complejidad de lo humano

¿Y por qué hablar de misericordia, con todo y que puede sonar a simpatía por los abusadores —y lo es: en tanto personas, no en tanto abusadores—? Porque, hoy más que nunca, deberíamos de estar conscientes de las numerosas y potentes fuerzas (psíquicas, evolutivas, económicas, culturales, políticas) que condicionan nuestro actuar, ni remotamente tan libre y autónomo como creían los optimistas de la Ilustración.

Y porque, gracias precisamente a las herramientas críticas y conceptuales que poseemos hoy, deberíamos de tener cuidado a la hora de tratar el tema del abuso sexual, que bien puede arrojar distinciones, causas y consecuencias distintas en el plano psicológico que en el ético, en el jurídico que en el político, por no hablar del filosófico o del teológico, adonde invariablemente llegan las incómodas paradojas de la dialéctica del amo y del esclavo, la porosa frontera entre la manipulación y el cortejo, el potente motor de la culpa, los cambios de paradigmas morales al correr de los siglos (ya sea la licitud de las relaciones prematrimoniales, la edad aceptable de consentimiento, la legalidad del divorcio, la paiderastía pedagógica o “amor griego” desde Sócrates a Anders an die Andern, etcétera), lo traicionero de la memoria y lo incognoscible de nuestras propias intenciones…

El Arte, de hecho, al tratar y retratar los casos extremos y las excepciones aberrantes —como las llamó Nabokov—, nos recuerda que los asuntos humanos rara vez son simples y casi nunca se pueden juzgar en blanco y negro. Por ejemplo: el pedófilo señor Humbert en Lolita es, en algún sentido psíquico —que no lo exculpa jurídicamente—, víctima de una niña no del todo inocente; el compositor heterosexual Gustav von Aschenbach en la Muerte en Venecia de Visconti se prenda platónicamente de un chico que encarna su ideal artístico de Belleza; los adolescentes abusados de Obediencia perfecta o Mysterious Skin tornan cada uno su experiencia de abuso en celos, fetiche o trauma insalvable, respectivamente; la culpa y el resentimiento de una mujer inapropiadamente vuelta paciente por su marido psiquiatra, en Anticristo, degenera en violencia desproporcionada de ella hacia él; el castigo a unos pobres diablos que, por alguna razón, han violado y asesinado, en El manantial de la doncella o Death Man Walking, resulta a todas luces excesivo y sólo añade mal al mal; la violencia política y sexual se perpetúa por aquiescencia ingenua de algunos, complicidad indirecta de todos e inercias estructurales no sólo en el filme, sino en el plató, de Salò o los 120 días de Sodoma de Pasolini

Y no sólo el Arte. La vida misma enseña que no todo es tan fácil: yo he conocido personas que han sufrido algún tipo de abuso sexual y cuyos testimonios, invariablemente, además de hundirme el estómago, han echado por tierra muchas ideas —sobre el mundo, la gente y mí mismo— que tenía por ciertas, me han obligado a asomarme a los rincones más oscuros de la condición humana y me han orillado, también, a tragarme amargamente mi indignación y callar, con el estupor de Job, ante el mysterium iniquitatis. Como una chica a la que un adulto le “metió mano” en su niñez, y que sólo pudo descubrir, hasta cierto punto, el elemento de inocencia sexual al enredarse, a sus 27 años, con un hombre de 20; un niño solitario y sumiso que, violado en un internado, volvía a ser abusado una y otra vez por otros niños de personalidad dominante en cada nueva institución donde terminaba; un profesionista maduro y respetable que engaña a su mujer con una colega más joven, a la que mantiene en la clandestinidad por más de una década, forzándola de facto a subordinar su reputación y vida personal a la suya, hecho que ella acepta con resignación y cariño; otro niño que, alguna vez, jugó con un adolescente rubio y sus Lego, el cual, tiempo después, en una casa de campo, lo amordazó y ató entre burlas, sólo para obsesionarlo con los efebos rubios en su vida adulta; un académico conservador y de renombre que, entre insinuaciones “pícaras” y magnanimidad, acorrala a sus jóvenes ayudantes cuando se ponen en una posición lo suficientemente vulnerable; todo un pequeño grupo de varones y mujeres que, en plena constelación gestáltica, confiesa entre lágrimas haber vivido algún tipo de experiencia traumática, donde una tía, un sacerdote, un primo o unos scouts un poco mayores, violentaron, con o sin alevosía, con malicia o sin ella, su cuerpo o su intimidad; un adolescente vulnerable y sensible que, carteándose con un profesor/mentor que lo tiene deslumbrado, acaba viéndose envuelto en un romance pasional que rebasa lo platónico, con el que no puede lidiar y que se sale de control; un matrimonio donde la violencia verbal y emocional por parte de ella en lo público se corresponde con la violencia física y sexual por parte de él en lo privado; un educador que, cuando uno de sus niños consentidos le acaricia la mejilla, se paraliza de terror y asco ante lo que siente como un inequívoco chispazo sexual; una joven despechada, cuyos frustrados avances dan pie a acusar de acoso al hombre que la rechazó, el cual perderá su trabajo y reputación; un romántico decimonónico que pierde el sueño, presa de los escrúpulos, cuando ha tenido a mal enamorarse de alguien más joven, ya mayor de edad, pero no menos presa de ingenuidad e inmadurez; una mujer abusada y resentida contra los varones que, justo cuando se encuentra con un tipo decente, sus trastornos sabotean la relación y lo alejan, confirmando sus peores temores de que, sí, “todos son iguales”; cualquier varón mexicano expuesto, antes de tiempo, a la pornografía por irresponsables chicos mayores y que se hace “hombrecito” padeciendo y haciendo bullying —que casi siempre lleva un contenido sexual—; los conocidos y amigos cercanos de un religioso acusado de conducta impropia con adolescentes “de buena familia”, que meten las manos al fuego por él aun a sabiendas de las preguntas impertinentes y procaces de aquél, absolutamente incapaces de aceptar que eso precisamente constituye un tipo de abuso sexual…

Quizá cuando nos demos cuenta de que el mal, también el sexual, no es externo y abstracto, sino incómodamente concreto y peligrosamente cercano a nuestra propia psique, podamos tomar conciencia de hábitos sexistas cotidianos y miasmas morales en nuestras relaciones personales. Entonces, tal vez, podamos aceptar que existe un enorme problema que hasta hace muy poco había estado soterrado y que las soluciones de que disponemos hoy apenas nos alcanzan, obligándonos a aceptar, con humildad, que no tenemos todas las respuestas; vaya, que ni siquiera sabemos con certeza cuáles son las preguntas.

Preguntas incómodas

Y no que sepa yo la respuesta ni mucho menos, pero vaya que este tema —que me atañe como ciudadano y me involucra como ser humano sexuado y con una afectividad no siempre exenta de contradicciones ni momentos de debilidad— me interesa especialmente como filósofo, pues, como ya he dicho, creo que se entrecruza con numerosos problemas éticos y políticos, psíquicos y sociales… Me preocupa, sobre todo, que la indignación y la condena, tanto de las víctimas como de sus defensores, por más legítimas y loables, naturales y espontáneas que sean, a menudo parten de premisas problemáticas y arriban a conclusiones al menos paradójicas, por no decir contradictorias.

Se trata de un problema muy serio como para resignarnos a debatirlo tan pobremente. Mas, por ahora, me ceñiré a mencionar apenas tres problemas de fondo, estrictamente filosóficos, que detecto en medio de la cuestión y de los que depende, creo, el que podamos salir de los varios callejones sin salida más prácticos que ya esbocé arriba.

El primero es la pregunta por un consenso moral mínimo y objetivo acerca de las prácticas sexuales en nuestras sociedades. Si el acoso sexual de una mujer adulta, el abuso a un menor o la violación masiva en una guerra son reprobables e inadmisibles, al grado de despertar una tremenda indignación, es porque se trata, indudablemente, de males palpables y evidentes. Pero ¿por qué?, ¿según qué criterios?, ¿de dónde salieron tales criterios?, ¿por qué dichos criterios toman una forma y no otra?, ¿son esos criterios practicables en todas, la mayoría o apenas unas pocas circunstancias?, ¿qué hacer cuando no se cumplen los criterios?, ¿a quién y cómo toca emitir, juzgar o hacer cumplir aquellos criterios?, etcétera.

Toda concepción del bien y del mal morales depende de una serie de premisas previas (gnoseológicas, antropológicas, sociológicas, históricas, metafísicas, lógicas y demás) que han de justificarse racionalmente, de manera que puedan ser comprensibles para el mayor número posible de agentes racionales; es decir, que, a mayor universalidad del criterio, más universales han de ser las premisas sobre las que se asienta, lo cual nos lleva al espinoso terreno de si existe algo así como lo propio o esencial del Hombre, una naturaleza irrenunciable que sea compatible con unas cosas e incompatible con otras… Cualquier ética estricta, ya sea autónoma o heterónoma, de cuño religioso o secular, basada en el deber o en la utilidad, debe de ser capaz de dar cuenta rigurosa de sus principios, valores, argumentos, fines y acciones; porque cualquier puritanismo no es sino mera superstición.

El segundo, que se desprende del primero, es la pregunta de si, al contrario, vivimos o no en una sociedad liberal y permisiva, donde cada uno le halla sentido y le otorga validez moral a su propia conducta, sin mayor consideración que la autonomía de los otros. O hay bienes y males objetivos o los hay subjetivos; o acaso de ambos tipos, en cuyo caso habrá que aseverar qué los distingue, por qué y cómo tratar a cada uno.

Sin embargo, no hace falta mucho esfuerzo para constatar que la autonomía de los individuos ni es hermética a otros aspectos de la propia vida ni garantiza que no se manipule, lastime o atropelle los afectos de terceros —menos todavía en el caso de las relaciones íntimas—. En efecto, bien sabemos que los derechos colisionan unos con otros —y tanto cuanto más amplios son—, lo cual conlleva introducir nuevos criterios e instancias para dirimir las controversias entre derechos enfrentados.

Así, cabe cuestionarse si, en una sociedad liberal y permisiva, que progresa en aras a la igualdad de los sexos y la supresión de viejos tabúes, donde la autonomía es principio primordial de la moralidad, ¿por qué tendría que estar objetivamente mal hacer avances o propuestas sexuales de manera explícita a otras personas —en vez de recurrir a arcaicos lenguajes de seducción, proclives a la manipulación y que refuerzan roles normativos de género—?; ¿por qué prescindir de la autonomía de sujetos racionales imponiendo restricciones condescendientes, como un área aparte para velar por la integridad de las mujeres en el transporte público?; o ¿por qué se tolera la existencia de clubes sadomasoquistas, la proliferación de pornografía hardcore o la promiscuidad femenina a manera de liberación del sexismo ancestral a la vez que se condena la publicidad erótica que objetiviza a las mujeres, los comentarios pícaros que intercambian los varones en los vestidores o la figura del donjuán seductor y manipulador?

El tercero, que se sigue de los anteriores, es si la voluntad (la libre aquiescencia y el mutuo consentimiento) puede erigirse en criterio principal y exclusivo de moralidad; y ya no tanto como un criterio negativo, un límite que no ha de rebasarse o violentarse (de ahí la invalidez de un contrato realizado bajo coerción o la inmoralidad de los avances sexuales no solicitados), sino como criterio positivo, un punto de partida que crea nuevas posibilidades y exige nuevas reivindicaciones (la poligamia como derecho o el acceso irrestricto al aborto). Por un lado, parece que la voluntad personal no puede ser el único criterio para discernir lo que está bien de lo que está mal, debido a que ésta no carece de condicionamientos externos, rara vez es del todo estable ni es del todo cognoscible por otros —a veces, ni por el sujeto mismo—. Por otro, porque algo tan endeble, inefable y mudable como la voluntad humana no sólo no sirve como cimiento para construir sólidos edificios morales, sino que tampoco suele aceptarse —salvo por los libertarios radicales—, de hecho, como criterio absoluto para distinguir al bien del mal.

Si es verdad que la autoconciencia o la intencionalidad no exculpan un mal objetivo, como el acoso o el abuso sexual (en el caso de una persona ebria que se le insinúa a un menor, como Spacey, o de una torpe e inapropiada, mas no perversa, muestra de afecto, como en el caso del primer presidente Bush), ¿por qué sí la esclavitud, la prostitución, el consumo de drogas duras, la obesidad mórbida, la tortura, la pedofilia, la discriminación racial o el incesto, por ser autoinfligidos, voluntariamente aceptados o votados mayoritariamente en una democracia, podrían llegar a calificarse como bienes objetivos, independientes de cualquier responsabilidad colectiva —del individuo para con quienes le rodean o viceversa—?

No son, desde luego, preguntas fáciles de responder. Las palabras, en efecto, se quedan cortas, como sucede siempre que uno intenta consolar al que sufre. Y, probablemente, las respuestas puede que sólo den lugar a nuevas preguntas, entreveradas como están con otros muchos problemas, como sucede sobre todo en los temas de interés común, políticos.

Hace falta, por tanto, respirar profundo, tomarse una pausa y voltear a ver la maraña de problemas en torno al abuso sexual con valentía, sí, pero también con humildad y conmiseración —para con las víctimas especialmente, pero también con nosotros mismos y con los perpetradores, que, pésele a quien le pese, no pierden su humanidad—. Si partimos de que, hijos de Adán, de barro frágil y mortal, carecemos de certezas absolutas y participamos, necesariamente, en mayor o menor grado, pasiva o activamente, del mal que nos rodea, que padecemos y que nos indigna; hemos de abordar este tema, como tantos otros, no desde la perspectiva de nuestras mejores intenciones, sino de nuestras peores acciones. Quizá, así, logremos mirarnos con clemencia, en nuestra intrincada complejidad —que siempre está más cercana a la verdad—, y, tal vez, entonces, podamos decir, con Portia: “La clemencia no pide fuerza; cae del cielo como la plácida lluvia sobre el suelo. Es dos veces bendita: consuela a quien la da y a quien la recibe. Hace grandioso al grande: al monarca entronado más que su Corona, más que su cetro, símbolo de su poder temporal, atributo de su poder y majestad, donde manan el miedo y el temor de los reyes; ella se entroniza en los corazones regios. Es un atributo de Dios mismo, y así el poder terrenal se torna divino cuando la misericordia sazona la justicia”.

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