El peligro del anonimato

Por Gustavo González Pacheco (7° semestre)

En el trajín de las actividades diarias tratamos con personas; o al menos eso parece. Cada día interactuamos con otros sujetos en un ambiente laboral, familiar o simplemente porque nos prestan algún servicio. Ya sea que nos crucemos con algún compañero de clase, que revisemos Twitter o que pidamos al cajero del Oxxo que nos cobre, nuestros días están repletos de oportunidades para establecer relaciones, entablar diálogo, intercambiar impresiones y generar convivencia; sin embargo, ¿cuántas de esas oportunidades aprovechamos? Me atrevo, en contra de mis principios, a generalizar diciendo que no tomamos la mayor parte de estas oportunidades. En realidad, nos movemos por la vida como uno se movería en una línea de producción industrial: reducimos la interacción social al mínimo para que nuestros procesos sean tan eficaces como sea posible.

¿Cómo es que es esto posible? A mi parecer, la falta de interacción social es síntoma de una epidemia que ataca nuestra actitud vital. El bullicio urbano se mueve a la velocidad del metro, del ancho de banda de nuestro proveedor de internet y a la lentitud de la carga vehícular de los distribuidores viales. Nunca tenemos tiempo para nada; no tenemos tiempo más que para lo urgente y, por tanto, lo importante, la interacción social, queda remitida a la último lugar en nuestra lista de prioridades. Nadie quiere permanecer en un lugar más que el tiempo mínimo necesario. Siempre queremos que el camión llegue antes, que abran ambas cajas en el Oxxo, que el banco no esté atascado. Y es comprensible. A nadie le gusta esperar cuando tiene mil y un cosas más por hacer. Y, por lo mismo, a nadie le gusta detenerse por algo, ni siquiera para convivir. Es mucho más difícil, mucho más tardado, mucho más engorroso detenerse ante una persona que permanecer en el anonimato. Por tanto, dejamos de ver al otro como persona y no dejamos que el otro nos vea como tal. Conservamos nuestro estatuto de anónimos recurriendo a la herramienta más simple para ello: la máscara.

 

“Nunca tenemos tiempo para nada; no tenemos tiempo más que para lo urgente y, por tanto, lo importante, la interacción social, queda remitida a la último lugar en nuestra lista de prioridades”.

Vivimos en un ambiente en que unos y otros se mantienen ocultos detrás de máscaras sociales. Escondemos a la persona utilizando a la máscara; y es curioso, dado que etimológicamente persona refiere justamente a eso, a la máscara teatral. Desconozco por qué motivo el vocablo dejó de ser usado para significar la máscara teatral y comenzó a referir al individuo mismo; del mismo modo, desconozco en qué punto de nuestra vida nos dimos cuenta de que es más sencillo existir en una mascarada. Y es que el uso de máscaras sociales presenta muchas ventajas; como decía antes, nos ahorra tiempo, salvaguarda nuestra intimidad y nos permite aparecer ante los otros como deseamos que nos perciban. Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas. Una máscara, ausencia de persona, nos deja proyectar lo que queramos sobre un individuo y, mediante simples falsas generalizaciones, terminamos por crear estereotipos funcionales. Lo que es una virtud en el teatro, se convierte en un vicio en la villa. Y es que el anonimato genera violencia social; el que conozca de Historia no tendrá problema en encontrar suficientes ejemplos. ¿Por qué fue que los miembros del Partido Nacional Socialista pudieron llevar a cabo el Holocausto? Y, por otro lado, ¿por qué es tan sencillo presentar a los nazis como villanos? Simplemente porque en ambos casos la máscara social estuvo y está tan presente que es lo único que permanece. A nazis y judíos se les priva de sus características particulares, de su persona, para que quede solamente su función: la del villano. Al dejarnos proyectar lo que queramos, la máscara nos permite encontrar en el otro a quién antagonizar.

Todos necesitamos un villano; necesitamos alguien de quien quejarnos, alguien a quien culpar. Por eso es que las películas de superhéroes rompen récords de taquilla a nivel mundial: cuentan con personas (porque si hay una virtud en ese género cinematográfico es mostrar a la persona y no al vigilante enmascarado) con las cuales podemos empatizar y con villanos caricaturescos a los cuales podemos oponernos. El gran triunfo de la trilogía original de Star Wars fue precisamente ese: mostrarnos en la máscara de Darth Vader al villano implacable para después establecer, mediante Luke Skywalker, un arco de humanización del personaje que culmina, al final de The Return of the Jedi, justo con la remoción de la máscara para revelar a la persona.

El problema de nuestra sociedad actual es que nadie está dispuesto a retirar su máscara y tampoco a ver a las personas detrás de las máscaras que le rodean. Como decía, es más sencillo reconocerlos meramente por su función. Las oportunidades para establecer relaciones, entablar diálogo, intercambiar impresiones y generar convivencia se pierden como gotas en el mar; la cohesión social se pierde.

El verdadero reto para la ciudadanía mexicana esta ahí: tenemos que abandonar el anonimato para ver personas en el otro, en el prójimo. De otro modo, cualquier esfuerzo de mejoramiento social será vano si no se da este primer paso. Ojalá que algún día durante nuestro trajín cotidiano tratemos con personas y no sólo con máscaras.

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