Sismos y vida cotidiana

Por José Manuel Núñez Pliego (Gen. 1991), ex-rector UP México.

Basta un minuto para hacer un héroe,

pero se necesita toda una vida para hacer un hombre de bien.

Paul Brulat

¡Una sacudida, vaya sacudida! Moles de cemento que caen cual si fuesen papel. Una clara conciencia de que éste sí va a dejar consecuencias. Noticias de derrumbes, caos, consternación: celulares bloqueados, incertidumbre…. Salir a la calle: vidrios rotos, tráfico. Acercarse a las zonas dañadas, contemplar ese río de gente que espontáneamente se olvida de sí y se pone a bregar para paliar tanta tragedia.

Borrachos de adrenalina enfrentamos, con decencia y arrojo, la búsqueda de vidas entre tanto escombro. Aparecen de las casas palas, picos, ayuda, comida, pero sobre todo gente; gente ávida de ayudar, de no dejar al otro solo.

Conmueven las imágenes de los rescatistas con el puño en alto pidiendo silencio para escuchar si aún hay vida. Pasan los días en frenesí. Todos se mueven, nadie descansa y se multiplican las gestas heroicas, las angustias. La solidaridad tiende un manto que lo cubre todo. En medio de la desgracia nos sentimos orgullosos y parte de algo grande: nos sabemos hermanos, capaces, responsables.

Poco a poco la vida vuelve a su normalidad. Nos asusta pensar que podemos volver a nuestras islas de individualidad indiferente. Sabemos que no podemos mantener el frenesí, pero no queremos que muera ese espíritu capaz de mirar al otro como igual.

¿Qué sigue? El puño en alto llamando al silencio. El diálogo para escuchar el vivo latir del otro. El trabajo pausado, pero constante para edificar la casa común. La convicción de que no hacen falta héroes ni protagonismos. Necesitamos un grupo de hombres normales capaces de trabajar codo con codo para hacer un mundo mejor, para mirar la cara del otro.

Nos hacía falta un sismo para despertar. Ojalá esta sacudida nos remueva y nos haga mirar a los ojos a los demás. Aprendamos a dialogar a escuchar. A preocuparnos y hacernos cargo de la realidad.

Viene la parte menos vistosa. No habrá ya heroísmos. Sólo cotidianidad. Hagamos del día a día una realidad que valga la pena vivirse. Hagamos de la vida diaria una aventura.

Necesitamos mirar esos otros escombros sociales que nos circundan. La violencia, la desigualdad, la pobreza, la corrupción, la impunidad. Levantar esas instituciones derruidas, reconstruir el tejido social reclaman muchas manos. No habrá héroes, sólo sudores escondidos. Requerimos de muchos sismos interiores que nos hagan palpar lo que no está bien, para evitar que colapsen tantas vidas porque no supimos, porque no quisimos cambiar. Con el puño en alto para escuchar a tantos que necesitan un pueblo decidido a contar una historia diaria de solidaridad.

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