Yo también soy de ese país

Por Sofía Díaz Macouzet. Estudiante de la Facultad de Filosofía UP.

El terremoto del 85 fue para mí una historia lejana en voz de mi abuela. Son innumerables las veces que me contó la historia de cómo el país sufrió una catástrofe que arrebató vidas, fuerzas y lágrimas. Yo escuchaba con tristeza y ánimo a la vez, me parecía increíble que, después de todo, México se hubiera podido recuperar de aquella tragedia.Cuando escuchaba a mi abuela hablar, sólo pensaba en dos momentos: el día del terremoto y el día presente, en el que ya todo estaba bien. Jamás logré dimensionar realmente la situación que se vivió, hasta el pasado martes 19 de septiembre. A exactos 32 años del terremoto del 85, la tierra se movió de nuevo recordándonos lo cíclica e irónica que es la historia.

Una hora y cuarto después del simulacro sísmico conmemorando el 85, mientras yo estaba en clase, la tierra se movió con furia. Me costó darme cuenta de que aquello que sentía era la tierra agitándose bajo mis pies. El movimiento parecía no parar. El miedo y los nervios se apoderaron de mí cada vez con más fuerza, hasta que de pronto paró. Todos nos mirábamos desconcertados e, incluso, reímos de nervios cuando por fin caímos en cuenta de que había temblado… había temblado tempestuosamente.

“Los mexicanos somos extraordinarios para unas cosas, espero que después de esto, nos demos cuenta de que se puede para muchas otras.”

Localicé a mi familia bastante rápido preguntándoles cómo estaban, todo parecía bajo control, hasta que mi hermana mandó una nota de voz que decía: “Se cayó el edificio de enfrente de mi casa. Le cayeron rocas a mi coche, estoy en toalla en la calle.” Escucharla llorar con tanto pánico me puso nerviosa, pero nada se comparó con el sentimiento helado de “se cayó el edificio”. Durante las próximas horas, lo único que resonaba en mi cabeza era aquella frase. No podía creerlo, mucho menos entenderlo. Fue hasta que vi las noticias que me di cuenta: no había sido un edificio, sino muchos.

El miércoles por la mañana me fui a la Condesa a ayudar. Me impactó ver tanta gente ayudando en la calle, tantos repartiendo agua y comida. Nadie convocó a la gente, no se pidió ayuda, pero todos entendimos que era, en cierta medida, necesaria. La gente llevaba desde el día anterior ayudando con lo que hacía falta. Los centros de acopio estaban llenos y, aun así, se necesitaban manos para trasladar víveres o hacer relevos. No escuché a nadie quejarse. Veía niños ayudándoles a sus mamás a repartir comida para los brigadistas o cargando cosas para donar en los centros de acopio. Personas de todas las edades haciendo cadenas humanas. Me acerqué a una señora que estaba llorando desconsoladamente para preguntarle si necesitaba algo, ella era el primer eslabón de una cadena humana inmensa en el Parque México, me dijo: “No, muchas gracias. Mi hija está atrapada en aquél edificio (señalando el edificio caído en Ámsterdam con Laredo), pero si yo no ayudo aquí, a ella tampoco la ayudo.” Me quedé helada, se me llenaron los ojos de lágrimas y decidí ayudar –incluso si ayudar era no estorbar- porque si no lo hacía, otros no podían ser ayudados.

En la madrugada del sábado, mientras iba en bicicleta con un grupo de diez personas llevando víveres de un centro de acopio a otro, me di cuenta que tengo el honor de decir “yo también soy de ése país”. Yo soy de ése país en el que minutos después del temblor la gente se fue a ayudar; soy de ése país en el que llueva, truene o relampaguee la gente sigue ayudando; soy de ése país en el que la ayuda no se pidió pero ahí estaba; soy de ése país en el que se da algo aunque no tengas mucho. Soy de ése país llamado México.

Demostramos nuestra capacidad de trabajar unidos. Las generaciones que conocíamos el 85 como una historia, ahora lo conocemos en carne viva. Las cicatrices que nos dejará a todos el temblor del 2017 serán de por vida. Un desgarre tan fuerte como el de un pueblo herido, que ha pesar de las pérdidas, se ha vuelto más unido. Los mexicanos somos extraordinarios para unas cosas, espero que, después de esto, nos demos cuenta de que se puede para muchas otras.

Este sismo sacudió la mente e hizo temblar al corazón. Afortunadamente, somos mucho país para una catástrofe así.

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