Los monstruos del terremoto

No supe la magnitud del sismo hasta que vi las noticias. Pensaba que se trataba de un sismo común y corriente. Pensé que sería lo mismo de siempre: gente asustada, nada que lamentar. Me equivoqué y no pude dimensionar mi equivocación hasta hoy.

Viví el terremoto en la UNAM, en un puente entre el Teatro Sor Juana y la Sala Nezahualcóyotl. Segundos antes había colgado el teléfono con mi madre, le pregunté si había salido al simulacro y si quería que comprara algo para la comida. “Ya voy”, le dije. Colgué. Y sonó la alarma con el crujir de la tierra. Rugieron los cristales de la Sala Neza: se movía de arriba a abajo. “Ya valió madres”, pensé, y aun así mi cerebro no logró dimensionar el suceso. Tan sólo me dio tiempo de dar dos pasos atrás para estar en la zona de seguridad, una señora gritó: “¡Se nos va a caer encima!”. Se le notaba un miedo al pasado en los ojos. Un desconocido y yo la tranquilizamos mientras otro señor gritaba: “¡Sigue temblando! ¡Sigue temblando!”. Después, la tierra paró.
Me apresuré para llegar a mi clase de las dos.

Otra señora también llevaba prisa y me dijo: “Bueno, ya pasó, estamos vivos, a seguirle”. Mi hermana me escribió: “Estoy en el piso 28 de la Torre Mayor, se sintió horrible, nos van a desalojar estamos bien, háblale a mi mamá”. Mi mamá contestó el teléfono rápido. Mi familia estaba bien. Todavía no sabía de los derrumbes. La gente en la UNAM se veía consternada pero nada fuera de lo normal, todos llamaban por teléfono. Para mí era un sismo normal, ni siquiera el piso 28 de mi hermana me hizo dudar.

En Insurgentes comenzó a cambiarme la perspectiva, me volví parte del éxodo de los oficinistas. Nos bajaron del Metrobús. “Hay un accidente en Nuevo León”. Caminé desde Altavista a mi casa. Vi a un grupo de señores que sacaban sillas de oficina al carril de Metrobús para sentarse a tranquilizar a un compañero. Vi a un señor dándole un abrazo a un niño pequeño. Y aun así mi cerebro no captaba la magnitud de lo sucedido. Intenté tener noticias por las redes sociales, pero no tenía señal. En la era de la información, estaba desinformado, en medio del éxodo oficinista, en medio del mar muerto de Insurgentes. Todavía pregunté a mis amigos si habría clases. Nadie dijo nada.

Vi un par de grietas pronunciadas en la planta baja de mi edificio. Tuve señal y lo primero que hice fue publicar que mi edificio tenía daños y nadie lo venía a revisar, un par de amigos, casi inmediatamente, me respondieron: “no seas egoísta, están en lo derrumbes”. Pero yo no sabía de los derrumbes. Ni de los fallecidos. Ni de los daños severos.

“El temblor mostró que somos capaces de ignorar nuestras diferencias.”

Llegué a casa y mi madre veía la televisión: se cayó una escuela, un edificio, luego otro y otro y otro. Videos del momento, gente gritando. Apenas comencé a sentir la tragedia. Mi cabeza colapsó, todos mis conocidos se me borraron del cerebro como si me los hubieran arrebatado. Les escribí a cada uno de ellos, amigos o enemigos, en un lapso de dos días, en el instante en que regresaban a mi cerebro (no culpen a la personas por no escribirles, el trauma te arrebata la memoria como un ladrón que te devuelve, días después, lo robado). Todos estaban bien. Aunque hubo un par de sucesos tristes.

Desde el instante en que vi las noticias hasta el momento de escribir esto, he tratado de sopesar lo sucedido. Y me queda claro una cosa: es imposible abarcar el evento como un todo, es demasiado para nuestra mente. De ser una simple memoria histórica, el 85 se transformó en un recuerdo terrible de algo que no viví. Un recuerdo que revivió y se llevó mucho menos, pero dejó mucho más. El fantasma que me recorrerá la venas siempre que suba al último piso de mi edificio.

Bombas mediáticas, caos informático, ayuda aquí, ayuda allá. Yo no lo viví como un tragedia, pero me dolía la tragedia alrededor. No les diré lo que pasó después porque todos lo sabemos: ayuda por todos lados, edificios derrumbados, gente atrapada, noticias falsas, centros de acopio en cada esquina, comida excesiva, falta de medicamentos, conteo de cuerpos, difusión de desconocidos en redes que buscaban personas desaparecidas. Todas las imágenes de los alumnos desaparecidos del Tecnológico de Monterrey que difundí coincidieron con los fallecidos. Sentí un hoyo en el estómago. Las fotos de los niños desaparecidos. “Lo hemos hallado, muy tarde, ya está con Dios”. Se me quebró la psicología.

Mi campo de información fue la televisión, porque en las redes sociales vi lo mismo de siempre: mucho ruido, poca acción. Yo mismo fui parte de eso. El fuego de la solidaridad prende con fuerza. Vi gente que pedía ayuda en tal y tal calle, pero nunca vi información, nunca vi videos de rescates, ni la ciudadanía que me prometieron, no hubo reportaje ciudadano, tan sólo éramos muchos los que queríamos ayudar. Por eso caí en la mentira de Frida Sofía, era mejor que estar leyendo posts que exigían ayudar por ayudar, sin vanidad. Sin embargo, la verdad es que todos ayudamos y todos queríamos protagonismo, pero no por una suerte de egoísmo, sino por una solidaridad nacida del instinto, nacida de la empatía, nacida del sufrimiento ajeno. Las acciones buenas deben reconocerse y premiarse. No importa si lo que te motivó a cargar una piedra fue la dignidad de una persona atrapada o el egoísmo de sentirte un héroe. Al final recogiste una piedra. Ayudaste. A los humanos nos toca ayudar, no juzgar las intenciones morales. El temblor mostró que somos capaces de ignorar nuestras diferencias. Ayudamos. Todos. Con dinero, con medicinas, con manos. Ayudamos.

No estuve nunca en zona de derrumbes, no cargué ni un escombro, no me presenté de voluntario a ningún centro de ayuda. Mi acción se limitó a comprar medicinas para varios centros de acopio, donar a cuentas de banco de damnificados, llevar cosas a gente que lo necesitaba, monitorear a mis amigos. No más. Nunca tuve la intención de recoger escombro, no quería ver, pensé que, dada mi complexión y mi salud deplorable, no serviría de mucho. Me quedé en casa a pensar y observé un extraño fenómeno: la suposición de que se es buena persona si no se dice que se ayuda. Sin darme cuenta que reprobar la ayuda por vanidad también es vanidad. Nadie tiene certeza de sus propias intenciones morales. Nadie. No creo que hubiera alguien que haya revisado su imperativo categórico antes de ayudar. Actuamos y eso es lo importante, la práctica, después rendiremos cuentas precisas a alguien más. Por el momento, cualquier mano, vanidosa o no, cuenta. Siempre.

Cuando pasó el fuego y el caos de la ayuda por la empatía del momento, el impacto del suceso se disipó —la tragedia no, esa permanece—. La gente salió de su burbuja y se dio cuenta que había personas que regresaban a su vida normal. Y comenzaron los posts del estilo “¿cómo puede haber gente que vuelve a su vida normal con tantos afectados?”; “me costará trabajo hablarle a las personas que no ayudaron”. Como si haber ayudado colocara a alguien en un pedestal moral. La realidad es que todos estuvimos dañados en distintos grados, exponernos a la imagen del desastre nos afectó y es un instinto natural tomar distancia. Esta ciudad tiene que recobrarse, y si una ciudad son sus ciudadanos, los ciudadanos tienen que sanar y cada uno de nosotros sana como puede. Pero no existe alguien absolutamente ajeno al desastre, no es indiferencia con las víctimas, es la propia sanidad mental la que exige distancia. Aunque nunca olvidaremos lo sucedido. Nunca.

Hubo un caso en especial que me molestó mucho. Una amiga posteó que dejáramos al gobierno para luego, pues primero había que sacar a la gente de los escombros. Idea errónea. No todos fuimos a recoger escombros, la ayuda debe darse a distintos niveles, y por todas partes. Fuimos récord mundial en firmas en change.org. La opinión pública presionó a los partidos a donar el dinero. Por eso, ayudar también es reclamarle al gobierno. Es un reclamo hacia nosotros mismos, por ser tan neutrales y tan cerrados al momento. El sismo nos enseñó lo que podemos hacer cuando los efectos de un suceso se ven, se tocan y se huelen por todos. Ayudamos porque vimos las consecuencias. El gobierno somos nosotros, no la clase acaudalada que se reparte el poder.

Ahora ya pasó una semana desde el crujir de la tierra, mi cabeza está más fría. Escribí seis poemas descuidados (aunque creo que mejores que el de Villoro). Y me di cuenta que el terremoto removió algo terrible: la vida, para algunos, se mide en capital. Vender edificios que no cumplían con la reglamentación; construir edificios con columnas sin varillas; permitir escuelas con casas en el tercer piso; haber vendido edificios como un lujo cuando no aguantaron ni cinco años y desentenderse de las consecuencias demuestra lo ruin de hacer el dinero el fin y no un medio. En algún lado leí que los desastres naturales no son naturales; son socialmente construidos. Y es cierto, la naturaleza pasa sin ver, ni siquiera es cruel. El ser humano sí. Las constructoras sí. Olvidar el pasado y arriesgar vidas es cruel, es inhumano. El temblor sacó a la luz a los monstruos de México: la corrupción, la burocracia, la apatía, la desinformación, la mala información, la división entre políticos y ciudadanos. Aunque también reveló lo mejor de nosotros: la unión, la esperanza, la ciudadanía.

Si le echamos ganas, si no olvidamos el pasado y si atendemos los problemas antes que los efectos, estaremos a un paso de ser un mejor país, bueno, a menos, como a cinco.

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