La generación del segundo temblor

Yo también fui uno de esos idiotas que estaban allí para sentirse bien consigo mismos. O pude serlo, si no hubiera estado bien acompañado. Uno de esos que por fuerza querían estar al frente de los edificios caídos, pero que no sabían siquiera cómo se coge una pala. De los que querían tomar fotografías en la catástrofe como para decir «mírenme, soy una buena persona». O de esos otros, quienes, con su honda estupidez, propagaron noticias falsas. O un estorbo cualquiera de los que querían ayudar y no pensaban en cómo hacerlo.

Como sea, estuve allí y me impresionó el modo en que reaccionó el país: tantas manos dispuestas a combatir el sufrimiento del prójimo. Desde la primera noche, de las calles cerradas donde hubo edificios colapsados, salía gente a decir que no necesitaban más personas. «¿Ustedes son voluntarios?» «Sí». «Pues váyanse, ya no necesitamos más gente». Y era una buena noticia. Lástima que muchos —me incluyo— no supimos entenderla. No iba solo. Caminamos un buen rato por los edificios de la delegación Benito Juárez, con la soberbia pretensión de que en algún lugar seríamos indispensables. Nos visualizamos —y no éramos los únicos— como los futuros héroes del terremoto. Sin embargo, ya estaban completos en todas partes.

Al día siguiente, miércoles, pensé que sería lo mismo, que más valdría no estorbar. ¿Pero qué más podría hacer? Obviamente suspendieron las clases en la Universidad. Consideré hacer cualquier otra cosa. Pero todos estaban allá afuera hablando de la catástrofe. Y decidí salir con la esperanza remota de que esta vez ayudaría en algo. Junto con unos amigos, llevamos suministros a los centros de acopio. Es decir, a los lugares a donde ya no necesitaban más suministros, donde estaban a punto de pudrirse tantas cajas de sándwiches. Nos dimos cuenta de lo vanas y perjudiciales que habían sido nuestras buenas intenciones. Sirvieron para generar caos vial. Y no era tan difícil caer en la cuenta de que gastábamos esfuerzos en vano. Había muchos paramédicos, topos y gente que sabe de construcciones y terremotos. Yo ni siquiera tenía un casco.

No digo que el daño haya sido menor ni que la ayuda sea prescindible. Lamento cada una de las muertes. Ojalá mis amigos no hubiesen perdido sus casas. Pero no por ello gritaré en cada recoveco informático que hubo un desastre inconmensurable. De hecho, el daño está sobrevalorado. Me aterra la tendencia a la victimización, no de las víctimas, sino de los que anhelan ser héroes (una vez más, de los estorbos). Me gusta pensar que ésta no es una argucia más de la idiosincrasia milenial, que el desastre no dejó de ser importante para convertirse en viral. Es lo que hacen los milenials con las cosas, idolatran todo pero no respetan lo sagrado. Quiero pensar que en unas semanas —cuando los likes y los retuits escampen— no se olvidarán de la solidaridad, y que algo de apoyo alcanzará para el sur del país y para los que no perdieron su casa con el terremoto porque nunca han tenido una. Quiero pensar, insisto, que no somos milenials: unos hijos de su espectáculo.

Me resisto a decir que lo hemos hecho mal y a recriminar la falta de organización y la incompetencia de nuestras autoridades. Mucha gente tuvo frío y hambre, y fueron arropados y atendidos. Muchos cayeron en el precipicio de la muerte y los paramédicos hicieron las veces de paracaídas con cuanto estaba en sus manos. Todos los vecinos salieron a tender sus manos. Y no es culpa de ellos que yo, frente a mi inutilidad, haya preferido sentarme a escribir. Sólo pido que esta vez el altruismo no se nos pudra. Porque México tiene fama de país que camina mucho, pero sin saber a dónde; con un progreso ficticio y una felicidad ajada. Y yo ya estoy harto. No obstante, veo que estamos sacando esto adelante y, contra todo pronóstico, me queda esperanza.

4 comentarios

  1. Excelente texto. No me parecen prudentes las generalizaciones sobre las generaciones. Pero creo que el sentimiento extendido de muchos adultos ya no tan jóvenes es orgullo y agradecimiento por las acciones y los anhelos nobles de nuestros jóvenes. Y esto, será apenas el comienzo, por eso queda esperanza.

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    • Agradezco que se haya tomado el tiempo de leerme y comentarme. De hecho, volví a leer mi texto con eso en mente y es verdad, tiene ese error: parece que le atribuyo una actitud a toda una generación. No era esa mi intención. Quise recriminar un tipo de actuar específico de unos cuantos, y no a cualquiera que haya estado dispuesto a ayudar. Quisiera que se entendiera la palabra “generación” en un sentido circunstancial, es decir, como lo que a todos nosotros nos toco vivir, y no bajo el sentido de identidad que puede tener.
      ¡Saludos!

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  2. Yo fui uno de esos idiotas. Tomé una bicicleta hacia la condesa pensando el lo chingón que sería ser un héroe. Estuve frente a un edificio caído. No por fuerza, sino por azar. Llegué temprano, supongo. No sabía coger una pala ni el extintor con el que apunté al tanque de gas con fugas. No éramos héroes. Fuimos uno entre un montón. No éramos necesarios ni hacíamos falta, porque teníamos a 500 personas detrás. Sólo estábamos ahí para contemplar el edificio, repetir las herramientas que se necesitaban y, cada buen rato, pasar alguna cubeta con rocas.

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