Día de la marmota chilanga

Isolino Doval (Generación X)

Publicado originalmente en: https://isolinodoval.wordpress.com/2017/09/20/dia-de-la-marmota-chilanga/

Ciudad tan complicada, hervidero de envidias, criadero de virtudes. […] Te declaramos nuestro odio, magnífica ciudad”.

Efraín Huerta

Muchos edificios aguantaron la sacudida del terremoto del 85. No sucumbieron a la fuerza tectónica y, aunque de pie, también quedaron cascados, chuecos y cubiertos de polvo. Son una metáfora del chilango; así somos: cascados, chuecos y cubiertos de polvo. Sin embargo, ahí la llevamos. Quizá ese sea el problema. Nuestra necedad de hacerlo todo al aventón, a la mala; y seguir. Nuestro sentido de urgencia es el más agudo de nuestros sentidos: nada sale sin la imperiosa necesidad del ya vas tarde. Somos emergencia permanente, al grado de que acuñamos el verbo «corretear». Correteamos a todos y a todo. Basta ver un día por la mañana en el DF: la madre corretea a los hijos para llegar a la escuela. La prisa como segunda naturaleza. Somos chinampa e improvisación, copal y negligencia. Siempre es demasiado tarde. La virtud de la premura convive con una adictiva fascinación por la chapuza: «quien no transa, no avanza» es la cínica síntesis del ethos chilango que nos empuja a hacer trampa hasta en un maratón, total.

En la muy noble, muy leal y muy amada ciudad de México nos gusta la buena vida: darle gusto al gusto. Ello no quiere decir que nos guste la vida buena. Al contrario, lo chilango es la supervivencia a perpetuidad. Gracias al Fistol del diablo sabemos que la ciudad de los palacios es también —y desde hace siglos— la ciudad de los madrazos. Manuel Payno relata la corrupción y tropelías cometidas por jodidos y privilegiados en la capital de la recién nacida patria mexicana. Negados para el esplendor, los chilangos sólo somos felices en un muladar. Somos reyes Midas de lo echado a perder. Acapulco, Cuernavaca y Valle de Bravo son réplicas —tropicales o campestres— de nuestro amado DF. Ahí llevamos la mugre y el caos que tanto nos alegra el alma. Nuestro corazón contaminado no late sin la energía del plomo (sólido o gaseoso). Nada resume mejor nuestra necesidad de podredumbre que el cariñoso apodo con el que bautizamos a nuestra amadísima ciudad: el Defectuoso.

Nos sentimos orgullosos de nuestro irresponsable descuido porque nos da cierta osadía para enfrentar miedos y obstáculos con la bandera del «sí sale, cómo no». Lo de menos es que no salga porque, infaustos al fin, lo intentaremos de nuevo. La festiva necedad es el maridaje óptimo de nuestra irrefrenable premura.

Por eso somos ciudadanos de ocasión. Sin embargo, hay un despertador que siempre nos saca de la abulia cívica: la desgracia telúrica. Cualquier otro tipo de desventura no funciona de estimulante. Nos acostumbramos al asalto a mano armada a media cena de sábado en un restorán. Hicimos normal la anomalía de pasar cuatro horas diarias atrapados en un coche. Nadie se extraña de que a alguien lo encañonen apenas salir del banco. Sin embargo, la fuerza de la tierra es la cafeína capaz de sacar de la cama al ciudadano intachable que duerme en nuestro interior. Hoy vuelven a aparecer los héroes morales de 1985. Aquél ayuda y el otro, también. Una suma de voluntades cívicas. Sin necesidad de la venia del paternalista gobierno que tanto nos fascina (y fastidia). Ninguno de los atenidos papanatas que normalmente pululan por ahí comparece hoy en la ciudad derruida. La transformación del chilango ante el terremoto es maravillosa. Iniciativas que no cesan, orden implacable, ayuda eficaz. Organización civil en estado puro.

Los chilangos sólo somos verdaderos ciudadanos en la azarosa desgracia provocada por un sismo. Me asombra ver nuestra capacidad de organización y el despliegue de agilidad mental y física ante el infortunio terrestre. De repente, el mismo señor que nos aventó el coche mentándonos la madre mientras intentábamos cruzar un paso peatonal, se convierte en un rescatista altamente calificado. Los recelosos vecinos abren sus puertas para alojar a desconocidos. La furibunda y cansina señora que vende tamales atiende heridos como enfermera de guerra. Todos los chilangos a una sola voz: actuar y ayudar. Sin error. Como máquina de relojería.

El temblor del 19 de septiembre de 2017 hiere con exactitud la cicatriz dejada por el de 1985; y evidencia de nuevo que sólo somos ciudadanos si la tierra nos estremece.  Y, ahí, desde su honda y cotidiana derrota, el chilango pazguato y tramposo se yergue sacudiéndose sus vicios y toma la iniciativa y el control de su propia vida y deja de hacerse pendejo y vamos a quitar escombro porque esto depende de cada uno y no del gobierno ni de ningún burócrata atarantado y ahora a callar porque ahí abajo se oye una vocecita de auxilio y todos se callan y los brazos se vuelven ráfagas quitando ladrillos hasta dar con el cuerpo maltrecho que sale como polvorón en medio de aplausos y gritos y otra vez a las piedras y a las vigas retorcidas y en qué más puedo ayudar y donde comen cuatro comen cinco que es cuestión de echarle más agua a los frijoles porque aquí cabemos todos y todos somos la ciudad y ahora no se usa el coche no por el hoy no circula sino porque tienen que pasar las ambulancias y necesitamos del espacio común porque la ciudad es comunidad y somos tú y yo y aquél y todos.

Quizá lo que nos hace falta es imaginar que todos nuestros días por el resto de nuestra vida son 19 de septiembre y la ciudad se nos cae a pedazos otra vez y que depende de cada chilango volverla a levantar.

 

2 comentarios

  1. Comparto tu anhelo de ver lo mejor de México en la cotidianidad, pero no, compañero, no podemos vivir como si todos los días fueran 19 de septiembre, por lo menos no en un mundo donde sí existe el día (y los meses) después del temblor. Porque las ganas de ayudar sin inteligencia se convierten en estorbo, porque hicieron mucho más falta líderes y orden que víveres, porque prolifera el periodismo irresponsable, se alimenta el escándalo, peleas en redes: la tragedia se volvió espectáculo. No demérito a los voluntarios y agradezco en demasía la ayuda de quien sí fue servicial, pero el verdadero buen ciudadano del temblor de 2017 no será todo aquel que salió a las calles con ignorancia y temeridad, sino los que ayudaron con humildad y preparación y no le perdieron la pista a las víctimas no mañana ni pasado, sino por los meses que siguen y hasta que lo necesiten.

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  2. Gracias por leer lo que escribí y por tomarse tiempo adicional para comentarlo. Lo que puse ahí es, precisamente, que al día siguiente del temblor los chilangos volveremos a ser los mismos desgraciados papamoscas de siempre. Me llamó la atención la coincidencia del día de 1985 y el de 2017; por eso me vino a la cabeza la película de marras (si no la ha visto, véala, se va a reír mucho). ¿Se imagina que cada día actuásemos como el 19 de septiembre 85 / 17? ¡Uf! Calles sin basura, gente presta y solícita a ayudar en lo que sea, cordialidad, exigencia, responsabilidad, iniciativa cívicas, sin esperar que «papágobierno» nos resuelva las cosas y todo eso que me maravilló ver el 19 de septiembre de hace 32 años y ahora, también: la suma de todos. No creo que sólo se trate de llevar víveres e insumos. ¿Vio los rescates? Esa es la muy noble y muy leal ciudad de México en la que me gustaría vivir. Lástima. La semana que entra todo volverá a ser como siempre. Le envío un saludo y le agradezco de nuevo el tiempo que me dedicó.

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