Certeza de negro

Por Sofía Bernal (Ingeniería Industrial, Gen. 2016)

Los griegos antiguos ya hablaban sin flaqueza del tema de vivir. Era asunto de todos los hijos encontrar las respuestas a las preguntas de todos los padres. Pero, como es lógico, el hombre aspira a una solución del mismo tipo que el conflicto. Lo que somos siempre nos ha de dar una idea de lo que podemos ser, un punto de partida que marca el rumbo hacia el futuro. Una especie de viaje inductivo que va de lo simple a lo complejo. Lo que vivimos es una historia a priori que es posible porque el mismo profeta hace y dispone los hechos que anuncia con anticipación. [1] Todas nuestras profecías de lo que puede ser el mañana están fundadas en lo que creemos entender del hoy. Una vez marcada una meta fija, no cabe espacio para la originalidad; he ahí que Julio Verne haya sido un matemático de primera, un visionario en campos de probabilidad y proyección, un idealista que supo interpretar tendencias. La imaginación es entonces mera ficción, que se censura por nuestro entendimiento del mundo; un arma de doble filo que expande horizontes pero entorpece el andar.

“Las cosas nos dejaron de impresionar, todo se volvió común porque nuestra mente se volvió corriente”.

Nos hemos vueltos adictos a tener la razón. Moldear nuestro futuro de la manera más estricta se ha vuelto nuestra droga. El porvenir es tan pronosticable como el clima, pero las nubes todavía son más originales en sus inventos; nosotros por el contrario, sólo tenemos de dos tipos: los inventos que son proceso de un producto y los que son producto de un proceso. Los primeros son con los que estamos familiarizados, un coche que rebasa por la izquierda, una creación fundamentada. Los segundos son los mágicos. Los que dan pie a la sorpresa y que tienen un Je ne sais quoi. Los que existen y luego se preocupan por explicar el por qué. Los que fomentan la espontaneidad y que, tristemente, carecen en nuestras repisas. De aquí podemos entender la rareza de conceptos como la serendipia, vetada de las escuelas por miedo a la holgazanería, bateada por la sociedad por miedo al titubeo.

Todo es tan cuadrado y se enfrenta a la culpa, el mundo está de luto: hemos perdido la capacidad de asombro. Se ha convertido en un lujo imposible de costear por la persistencia del cansancio y, la peor parte, lo dejamos ir todo por arrogantes. Las cosas nos dejaron de impresionar, todo se volvió común porque nuestra mente se volvió corriente. Empezamos a pensar que somos señores del progreso. Se volvió imposible conmovernos pues nos corresponde la novedad. Imposible estremecernos, pues todo cambio viene con una garantía que se puede cobrar. Nada es lo suficientemente grande porque el hombre es enorme y tanta carne nunca había estado tan desnuda frente a la realidad. Perdimos nuestra intimidad por no dejar espacio para el azar y por odiar lo que no podemos entender. La realidad puede tener un contenido metafórico; eso no la hace menos real. [2]

He conocido lo que ignoran los griegos –dijo Borges en la Lotería en Babilonia–: la incertidumbre. Eso que desconocían todos los hijos de todos los padres y que los atormentaba todos los días y todas las noches. Un descuido en la historia del conocimiento que nos ha costado un estancamiento en miles de años de niñez, inútiles para caminar sin la mano de la certeza. Con una ceguera que no se recuesta en los ojos, sino en la voluntad de ver más allá de nuestro intelecto. Tenemos miedo si no tenemos el control, nos descontrola el no saber y tanta dependencia no nos deja más opción que seguir andantes pero seguir erguidos en la monotonía. Infantes, pero lo suficientemente amargados para no percibir la belleza de lo incomprensible. Personas, pero lo suficientemente gallinas para esperar lo inesperado.

[1] Immanuel Kant. Si el genero humano se halla en progreso constante hacia lo mejor.

[2] Salman Rushdie.(2015) Hijos de la media noche.

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