10002380

Por Sofía Bernal (Ingeniería Industrial, Gen. 2016)

No es ningún secreto que vivimos en la cumbre de la exigencia urbana: despertando por vanidad para poder tener, para poder gastar, para poder dormir. Victimizando o siendo victimas de la casi obsoleta interacción humana. Caminamos apresurados en busca de nuestra siguiente misión, con la cabeza baja para impedir convivir con cualquiera que pudiese retardarla. Lo triste es que la verdadera causa de nuestra cabeza baja es la vergüenza de admitir que no conocemos el nombre de las personas con las que compartimos banqueta. Vivimos en el anonimato y sumergidos en el individualismo, si salimos de nosotros mismos, pecamos de pérdida de tiempo. Para no perder la costumbre de evitar el contacto visual, optamos por el encapsulamiento: intimidad y servicio a domicilio.

“La fatalidad está en que aquella generación primeriza que detonó la bomba de la displicencia en pos de la eficiencia, nunca pensó en lo mal que nos viene la soledad”.

Vagamos en un mundo donde todos son ajenos a todos. Estar en la comunidad ya no significa ser de la comunidad, aquí es donde surgen los extraños, la categoría más abundante de la sociedad que ha dado pie a la creencia de que aquello que no nos afecta no existe, que es un mero concepto. Creamos productos, brindamos servicios y nos interesamos en encontrar la ubicación del cheque, pero nunca en el paradero de nuestro esfuerzo. La vida va del escritorio al banco, como un boomerang que se pierde de vista el tiempo suficiente para abandonar el interés en nuestra causa. Todos trabajan para todos, pero nadie conoce a nadie. Somos sin duda el producto de una evolución ramificada. Y la peor parte de que aún seamos unos cavernícolas en algo tan sofisticado como la convivencia es que, si ninguno conoce al prójimo, ¿quién es capaz de definir lo que estamos representando? ¿somos países o fusiones de habitantes? Ya no existen palabras que puedan sostener tantos elementos incompatibles. Somos un mundo de fuereños que critica la migración y que hereda la tradición de que el espacio no se mide en metros cuadrados, si no en contactos cuadrados. Y la fatalidad está en que aquella generación primeriza que detonó la bomba de la displicencia en pos de la eficiencia, nunca pensó en lo mal que nos viene la soledad.

“No es ningún secreto que vivimos en la cumbre de la exigencia urbana: despertando por vanidad para poder tener, para poder gastar, para poder dormir”.

He ahí el gran problema. Somos seres ensimismados incapaces de reconocer nuestros vicios. El estado de pertenencia es el monstruo que se esconde debajo de la cama. Pero ni es nuestra primera noche ni desconocemos dónde está el interruptor. Basta enderezar la cabeza para perder el miedo, dejar de vivir analizando el suelo o, si lo hemos de hacer, que sea desde el punto más alto posible, para poder darle personalidad a las hormigas. Estirar los músculos, relajar la expresión, voltear a ver a las personas, llamarles por su nombre o mejor dicho, empezar a ser caballeros con nuestra gente. No necesitamos más que seguir las reglas básicas de galantería: abrirle la puerta a la ciudad, darle la mano al estado, preocuparse por el país y, sin lugar a duda, aprender a coquetearle al mundo.

3 comentarios

  1. Me pareció súper cierto todo lo que dices. Es impresionante como hoy en día vimos enajenados en nuestro propio mundo y actuamos indiferente ante el dolor o la felicidad del prójimo. Me encanto la forma en la que escribes.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s