¿Condenados a repetir la Historia?

Por G. G. Jolly (Gen. 2009)

Originalmente, pretendía escribir un texto a propósito del filme Dunkirk (EE. UU., Reino Unido, Francia & Países Bajos, 2017). Dado que se trata, sin embargo, de una película fílmicamente impecable, históricamente más precisa que la norma hollywoodense e ideológicamente plana —aunque hay algunos despistados que le han visto cara de ser una apología de la Brexit—, no hallé mucho de gran relevancia que decir, así que pensé en utilizarla de pretexto para hablar sobre la memoria histórica. Entonces, sucedió lo de Charlottesville, y decidí que, hoy más que nunca, venía al caso.
En la première del filme, su director, Christopher Nolan, invitó a un par de veteranos de la trágico-milagrosa evacuación de 1940, ya bien entrados en su décima década de vida y a quienes el príncipe Harry homenajeó. Poco después, en Calgary, un veterano canadiense fue captado en cámara, profundamente conmovido, compartiendo sus experiencias. Esto me hizo constatar el doloroso hecho —en sí mismo y personalmente, pues he tenido el privilegio de conocer y charlar con varios veteranos— de que la generación que vivió y peleó la II Guerra Mundial, adecuadamente llamada “The Greatest Generation”, está pronta a desaparecer.
En no más de diez o quince años, se repetirá la trágica vista del 2008, cuando atendieron a la ceremonia de conmemoración del Armisticio de 1918, en Londres, los tres últimos supervivientes británicos de la Gran Guerra, en silla de ruedas y con más de 110 años a cuestas. Su muerte, al poco tiempo, cerró implacablemente una ventana hacia los horrores del siglo XX, poniendo fin al testimonio oral, a las heridas psicológicas, a las emociones y lágrimas, a los recuerdos imborrables; es decir, a la sustancia viva de la Historia, que ahora no puede sino ceñirse a los documentos escritos, a las fotografías y a los objetos, por más que sus terribles consecuencias (como la guerra civil siria o explosivos centenarios) aún perturben nuestro mundo.
Esto quiere decir que está por disolverse el último vínculo de carne y hueso con los capítulos más oscuros del siglo XX, de los que resultaron la Guerra Fría y la Era Atómica, la carrera espacial y la revolución cibernética, el Estado benefactor y el capitalismo global, el discurso de los DD. HH. y las primeras instituciones internacionales, la liberación femenina y la descolonización, la posmodernidad y la secularización, la Unión Europea y la OTAN, el Estado de Israel y el renacimiento del Lejano Oriente… Así, la capacidad de entender nuestro mundo a partir de las experiencias vitales de los testigos presenciales, quienes sufrieron en primera persona las consecuencias de los totalitarismos y los genocidios, la guerra industrial y las ideologías del odio, la megalomanía de los dictadores y el extravío de las democracias, las injusticias evitables y el martirio de justos e inocentes, se verá radicalmente limitada.
Precisamente en tiempos de Trump y de Putin, del ISIL y del Narco, de la crisis de los refugiados y del aumento de la desigualdad económica, del segundo aire de populismos y de la vuelta de los nacionalismos, de islamofobia y de xenofobia, de proliferación nuclear y de calentamiento global… Justamente en la época cuando están por desaparecer aquellos que ostentan autoridad suficiente para advertirnos sobre los riesgos probables del futuro y recordarnos con su experiencia las alternativas reales del pasado, poderosas inercias históricas e irresponsables personajes individuales se empeñan en desmantelar los mejores frutos de la lucha que puso fin al fascismo y que surgió de las cenizas del peor conflicto de la Historia: la solidaridad del Plan Marshall reemplazada por el aislacionismo y las medidas unilaterales de austeridad, el proteccionismo y la intolerancia en vez del libre tránsito de mercancías y personas, el socavamiento del derecho internacional y el orden geopolítico por las bravatas mediáticas y la indolencia política.
De hecho, tras las marchas de neonazis y supremacistas blancos en Charlottesville —envalentonados y respaldados por el aura de racismo, xenofobia, cinismo y resentimiento escupidos por Donald Trump, que ya anunciaba su complicidad tácita con el KKK y demás deplorables—, un puñado de nonagenarios alzó la voz. Daniel Samuelson y Ray Maislin, veteranos de la USAF y judíos, expresaron su horror al ver ondear esvásticas y oír gritar “Sieg heil!” en el país que luchó, hace 70 años, contra el nazismo —al coste de casi 400 mil muertos estadounidenses—. Igualmente, Marianne Rubin, de 89 años, no se dejó intimidar por los nazis amateurs de 2017 cuando ya una vez sobrevivió al acoso y la violencia de los nazis profesionales de 1940. O bien, Harry Leslie Smith, veterano de la Real Fuerza Aérea, tuitero asiduo de 94 años y autor del libro Don’t Let My Past Be Your Future, recién salido de imprenta, donde trata de advertir cómo era la vida para la gente de bajos recursos antes de la seguridad social, el Estado benefactor y el servicio nacional de salud —pista: no era nada agradable—, ha advertido sobre los vientos de guerra del verano de 1939 y las peligrosas bravatas de Donald Trump, se ha lamentado sobre cómo la Brexit desmantelará el legado de sangre, sudor y lágrimas conseguido por su generación y ha dejado muy en claro qué significa tolerar los discursos de odio en pleno siglo XXI:


Y, cuando aparecieron los trolls, los hizo pedazos con la autoridad del superviviente, de quien ha visto el fascismo cara a cara antes:

Y exactamente porque la memoria histórica que encarna esta generación está en peligro de extinción es que el debate debe de centrarse en la asimilación crítica —mas no moralina— del pasado. Es verdad que Trump no puede justificar bajo ninguna circunstancia las manifestaciones de odio racial ni trazar falsas equivalencias morales, pero los liberales y progresistas no pueden seguir insistiendo en un revisionismo histórico insostenible. Aunque duela decirlo: Trump tiene razón cuando dice que, si una estatua de Robert E. Lee resulta indignante para algunos —por haber combatido en pro de la esclavista Confederación a pesar de no haber poseído esclavos él mismo—, lo tendrían que ser las de Washington y Jefferson —ellos, sí, esclavistas—.
Así como Virginia no es Múnich y la Constitución de EE. UU. es radicalmente distinta de la Ley Fundamental de la República Federal Alemana, porque los contextos y las historias de ambos países son harto distintas, Robert E. Lee no es Hitler y, pese a todo, dudo mucho que se pueda trazar una equivalencia moral simple entre el nazismo alemán y el secesionismo sureño. O, al menos, eso es lo que hay que debatir con seriedad, en vez de con indignación moral y juicios anacrónicos que sólo desembocan en los absurdos de la corrección política y la peligrosa censura orwelliana. Y lo mismo en EE. UU. con respecto al legado confederado que en México con la repatriación de los restos de Porfirio Díaz, en España con el Valle de los Caídos, en Alemania con el estadio de Núremberg, en Rusia con la tumba de Lenin o hasta en Reino Unido con el mismísimo Nelson.

Brian Guy, del 6º Cuerpo de Ingenieros Reales.

 

De allí lo importante de los vínculos vivos con la Historia: los testimonios de la “Greatest Generation” nunca estarán exentos de prejuicios y valores que ya no son los nuestros —y habría que ver cuáles son mejores en sí mismos, no nada más por estar en boga o no—. Recuerdo, por ejemplo, a un viejecito admirable que conocí, el zapador Brian Guy, que, a sus veinte años, desembarcó en la playa normanda de “Sword” el 6 de junio de 1944 y luchó hasta llegar a la ciudad alemana de Bremen. Pese a la candidez e interés de sus relatos, a su talante adorable y buena disposición, a su gran sabiduría y humanidad, nunca dejaron de incomodarme los agrios sarcasmos, rayanos en lo racista, que lanzaba en contra de los alemanes. Y, sin embargo, aunque nunca los compartí, ¿cómo reprochárselos a alguien cuyos amigos fueron ejecutados a sangre fría por los adolescentes fanáticos de la 12ª división blindada de las SS, que vio las pilas de cadáveres donde yacía Anna Frank durante la liberación de Bergen-Belsen, que fue herido en la espina el último día de la guerra por un francotirador escondido entre los escombros de una ciudad repleta de banderas blancas y que le ha valido caminar con muletas por 70 años?
En efecto, los testimonios vivos nos recuerdan las sombras inclusive de los grandes Hombres: del imperialista Sir Winston Churchill, del misógino Martin Luther King Jr., del autoritario Abraham Lincoln, del megalómano Napoleón Bonaparte; o bien, nos ayudan a tomar conciencia de todas las pirámides, iglesias, universidades, negocios y palacios que, con justificado orgullo, consideramos la más alta manifestación de nuestra civilización, pero que se erigieron sobre la esclavitud, expoliación y sometimiento de millones de personas anónimas. La grandeza, riqueza o belleza humana que esté libre de pecado… que tire la primera piedra…
La conciencia histórica, con sus matices y grises y no con sus mitos de bronce, es lo único que nos permitirá recordar que la ONU, la OTAN, la Corte Penal Internacional, el Banco Mundial, el FMI, la OMS, la FAO, la WTO, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la UNICEF y la UNESCO, pese a todos sus defectos, existen porque la alternativa es Verdún y el Somme, Stalingrado e Hiroshima, Auschwitz y el Gulag. Con lo cual, quizá, la erosión de las soberanías nacionales, la tecnocracia antidemocrática, la desigualdad de los mercados, la frivolización cultural de los medios no son, dentro de ciertos límites, un precio demasiado alto para la paz generalizada y el declive de la violencia en el mundo que irrumpieron en 1945. Y, si no me creen, preguntémosle, antes de que sea demasiado tarde, a quienes vivieron y sobrevivieron la II Guerra Mundial.

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