Crónicas ciudadanas: el puente de Mixcoac

Desde niño desarrollé un profundo miedo a caminar por las calles de la Ciudad de México. Aún hoy, si alguien camina detrás de mí por más de 100 metros, hace que acelere el paso o tome vueltas innecesarias para evadirlo. La culpa la tienen mis padres, siempre me advirtieron lo peligroso que era el espacio público de mi ciudad. Ahí anidan malandrines y rateros. Caminar por las calles de noche o subirse a la línea verde del metro es querer aparecer en la portada de los diarios de nota roja al día siguiente.

Conforme pasaron los años, este miedo desapareció, aunque la paranoia de sentirme seguido permanece todavía. Nunca he tenido auto propio y siempre he vivido convenientemente cerca del metro o el metrobus. Volverme ciudadano de a pie ha sido la mejor decisión de mi vida: es rápido y barato ¿Para qué voy a pedir un uber que cuesta 100 pesos y tardará dos horas si por seis pesos la línea naranja me deja en mi casa en quince minutos? Esta tentación de eficiencia y precio es lo que me ha impulsado a desoír todas las admoniciones de mis padres: nunca tomes un taxi que no sea de sitio, no te subas a un pesero, nunca vayas a Iztapalapa, evita ir a Pantitlán o cruzar parques de noche.

Lo que más ha hecho desentenderme de la opinión que mis padres tienen de las calles de mi ciudad han sido las peripecias imprescindibles de cada fiesta o ida de antro. Reabastecer el suministro de guamas o ir por las dotaciones necesarias de cigarros para sobrevivir la fiesta me ha llevado a cruzar a pie lugares que, si mis padres supieran, ya se hubieran infartado. De noche he cruzado a pie Coapa, Canal de Miramontes, Aragón, Tizapán, Centenario, Puerta Grande y una que otra vez alguno de los pueblos de Xochimilco ¿Saben que me ha pasado? Nada. Nada de nada.

Amo ser un transeúnte nocturno: transportarte a pie con seguridad de que no hay peligros ocultos en cada esquina es liberador. Pero las admoniciones de mis padres no se detienen: “que no te haya pasado no significa que no te pasará”. Últimamente, han aparecido señales que me han alarmado hasta a mí: la taza de delitos se ha disparado de una manera que los chilangos no han visto en años; ya van varios estudiantes asaltados cerca de mi universidad; el otro día vi que habían asaltado el Oxxo de Empresa y Rodin, alguien me contó que en Actipan asesinaron a un peatón en la mañana.

A últimas fechas me había acostumbrado a cruzar el gran puente que atreviesa la avenida de Mixcoac y que comunica la Chelada con mi calle. Como ya no fumo, puedo darme el lujo de subir los chorrocientosmil escalones que tiene sin perder el aliento.

La reciente ola de homicidios me hizo considerar el trayecto del puente con los viejos ojos de la paranoia. A esa altura y con una sola dirección posible no hay muchas rutas de escape si alguien decidiera asaltarme ahí arriba. Sus titilantes luces y fierros enjaulantes complementan el halo de peligro del puente. El otro día dude en tomarlo, pero la experiencia que había tenido y la flojera de elegir el rodeo de seis calles me convencieron de seguir mi ruta habitual.

Empecé a subir las escaleras lentamente y luego aceleré el paso, saltando en dos y en tres los escalones para cruzar lo más pronto posible. Al llegar arriba me paré en seco: del otro lado del puente vi una sombra que se acercaba. Titubee un poco, pero decidí no retroceder. En diez segundos, mi paranoico cerebro consideró diez mil posibilidades: "¿traerá un arma o un cuchillo? Contra una pistola no puedo competir y con tan poco espacio de maniobra ni del cuchillo sería fácil escaparme, ¿y si le doy todo mi dinero? Traes 20 pesos, güey, espero que no sea de esos que asesine a sangre fría como el que asesinó al vecino de Actipan". El torbellino de tribulaciones se acabó de golpe, mi asesino se encontraba a tres metros de mí. La cercanía reveló su cara: era un tipo pálido de lentes. Una gota de sudor le recorría la sien. Al ver mi cara de susto, esbozó una sonrisa. Aliviados, los dos seguimos nuestro camino.

Es fácil demonizar las calles de la Ciudad de México. De noche y de día es una ciudad sombría, el cielo nocturno no tiene estrellas y el mejor adjetivo que he encontrado para describirlo es morado-grisáceo. Aunque no hay duda que por sus calles se debe andar con cuidado, los crímenes se acercan más a la excepción que a la regla. Usted puede tomar las precauciones que crea convenientes, pero yo prefiero transitar libremente por las calles, sin miedo alguno.

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