Efectos secundarios de la libertad

En una sesión del seminario  Ámbitos de la ciudadanía impartido en la Universidad Panamericana, se presentó una discusión acerca de las opiniones en las redes sociales. La preocupación era clara: ¿qué pasa con las opiniones que se generan en las redes son todas lícitas? ¿Todos tenemos derecho a opinar sólo por ser libres?

Resulta que al hablar de  espacios como la Internet, nos damos cuenta de la capacidad que adquiere el usuario para participar de cualquier discusión.  De hecho, el ¿Qué estás pensando? de Facebook resulta bastante claro: tú puedes compartir con el resto de tus contactos tu opinión acerca de un tema cualquiera. En el caso de espacios que  son abiertos, sólo con darle like  a una página, accedes a un nivel aún más grande, donde tu opinión tiene un eco del que no conocemos alcance.

Podríamos pensar que esto no es un problema, pero ¿qué pasa cuando una publicación personal se sale de control y llega a manos de un desconocido que ve, por primera vez, una situación que desconoce completamente? El podría comentar algo sobre el tema sin saber el contexto en el que se planteó esta publicación. Podría hacer viral algo de lo que no tiene conocimiento y en lo que opina de una manera quizás equivocada. A nadie le gustaría verse atacado por miles de desconocidos que escriben con ignorancia y desacreditan a la persona por alguna opinión desinformada. No es ninguna situación descabellada o imaginaria; todos los días participamos en discusiones que nos son más lejanas de lo que creemos. El juego del teléfono descompuesto deja de lado la diversión para inmiscuirse dentro de nuestras relaciones diarias. En la vida real no es divertido que gente pueda ensañarse contra ti por esta clase de actos ajenos.

Efectivamente, es un riesgo que se corre  en una democracia —me señalaba al que considero un profesor y amigo—. Es un fortuna tener la posibilidad de opinar en asuntos ajenos a nosotros sin ser castigados por ello. Y al pensarlo detenidamente, me doy cuenta de lo mucho que llevan detrás esas palabras. La libertad de expresión es lo que está detrás de todo esto; es lo que permea cada comentario que hacemos en redes blindándolo de cualquier posibilidad de censura. Es un fruto de aquel árbol que muchas veces puede provocar más malestares. La solución no podría ser regresar a  la censura. Estaríamos dando pasos agigantados hacia nuestro pasado, pero ¿dónde está la solución al problema de estar expuestos a estos juicios? ¿No hay un gran supuesto detrás que anhela la prudencia y el buen juicio de las personas que se expresan que es más bien utópico?

Realmente, considero que, de la gran cantidad de opiniones,  sólo una pequeña cantidad  está informada y opina de una manera prudente. Sin embargo, no podemos evitar sentirnos indignados ante hechos que pueden aparentar ser imperdonables. Por otro lado, no queremos que invadan nuestra privacidad y nos castiguen por  hechos que están mal contados o que nos condenan por crímenes que no cometimos. Estas pequeñas reacciones alérgicas nos pueden hacer creer que aún no estamos preparados para recibir este remedio, pero no  debemos dejarnos enfermar sólo porque el medicamento nos cae mal o no nos gusta su sabor.

Debemos elegir si  aguantar estas pequeñas complicaciones que vienen indicadas en la etiqueta del medicamento "libertad" o   buscar alguna solución  que nos libre de los efectos secundarios  que nos provoca la libertad sin renunciar a una cura contra la censura y la represión.

 

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