‘Sobrepoblación’: un término fascista

Por G. G. Jolly (Gen. 2009)

@el_tirapiedras

 

Es un lugar común de sobremesa —y de no pocas opiniones supuestamente ‘informadas’— echar la culpa de todos los males que vivimos, desde el hacinamiento en el metro y las calles de esos infiernos de concreto que llamamos ‘ciudades’ hasta la deforestación de la Amazonía y el cambio climático, a una especie de ‘Coco’ demográfico: la ‘sobrepoblación’. Y no pocas veces va seguido de algún corolario irónico, medio en broma y medio en serio, patentemente racista, clasista y/o xenófobo, que aclara quiénes son los que sobran: ‘Los chinos’, ‘los nacos de Neza’…

“¿Dónde está escrito en piedra que, para proveer de alimento, vestido y techo dignos a las personas haya, necesariamente, que desecar ríos, talar selvas?”

No obstante que, desde luego, el número de humanos es directamente proporcional al consumo de recursos naturales y tiene un impacto ambiental nada desdeñable, la ‘sobrepoblación’ es una de esas profecías a la Malthus que dependen de una falaz petición de principio: la explotación y consumo de recursos no puede sino crecer hasta un límite apocalíptico cuando se acelera el crecimiento demográfico bajo un modelo desarrollista o de ‘manos invisibles’.

La realidad es que, en torno al año 2000, la tasa de natalidad mundial se estabilizó y que, hacia el 2100, coeteris paribus,* la población de la Tierra habrá alcanzado su número máximo (alrededor de 11 mil millones de personas), más gracias a la creciente esperanza de vida que a nuevos e ‘irresponsables’ nacimientos.

Además, ¿dónde está escrito en piedra que, para proveer de alimento, vestido y techo dignos a las personas haya, necesariamente, que desecar ríos, talar selvas, extinguir especies de animales y plantas, emitir nubes de gases de efecto invernadero y verter toneladas de plásticos eternos en los océanos? Por supuesto, en ningún lado. El nivel de vida de los seres humanos y la lógica de nuestra interacción con el medio ambiente, así como el aprovechamiento de los recursos naturales, no tiene por qué ser una (i)lógica de mercantilización, de depredación ni de voracidad.

“Al final, ¿quién cree usted que sobre en el mundo?”

Podrá ser una perogrullada, pero la única salida sensata y, sobre todo, moralmente aceptable, para sostener de manera viable a esos 11 mil millones de personas en el siglo XXII, será reconfigurar un modelo económico donde no domine la inercia del capital, donde la meta no sea el crecimiento sino el sustento y donde el reciclaje y la renovación de todos los recursos sean una realidad cotidiana, pues bien sabemos que la economía de consumo primermundista —la principal causante del desastre ecológico actual— no es extensible a los otros cinco mil millones de seres humanos de piel más oscura. Porque la única otra opción —y de ahí lo aberrante del término sobre-población—, si el problema fundamental es el número de personas, es disminuirlo a como dé lugar. Sólo que habría que preguntar cuántas y quiénes son las personas que sobran, quién y bajo qué criterios lo decidirá y cómo habrán de suprimirse…

Así, la próxima vez que, desde la comodidad de sus redes sociales, la saciedad de las charlas de sobremesa o el privilegio de los foros académicos, mencione o escuche el término ‘sobrepoblación’, flagelo del planeta, pregúntese cuántas veces usted y sus interlocutores han viajado en avión en el último año, así como su consumo promedio de energía y carne. Entonces, compare eso con la de una decena de obreros chinos cuasi analfabetas o la de una veintena de mineros congoleños —los mismos que, en condiciones infrahumanas, extrajeron el coltán para el aparato donde usted está leyendo esto— para ver quién genera un mayor impacto ambiental. Al final, ¿quién cree usted que sobre en el mundo?


* Todo esto se sostiene, desde luego, sin tomar en cuenta los cambios radicales que pudieren introducir la medicina y tecnología contemporáneas, como la gran revolución que supondría la ingeniería genética, que aumentaría exponencialmente la longevidad de las personas. En ese caso, los recursos de la Tierra, aun explotados de manera sustentable, serían insuficientes, con lo cual se volvería imperativo, para la supervivencia de la raza humana, la colonización del sistema solar.

Un comentario

  1. Muy optimista su punto de vista. Habría que explorar la alternativa de “sustento y no crecimiento del capital”, punto álgido del tema que ha provocado guerras en todo el planeta cuando uno u otro poderoso olfatea que le quieren quitar algún privilegio comercial. Guerras en Medio Oriente u dictaduras en el Cono Sur, son solamente insinuaciones de la violencia que el poder financiero es capaz de desatar. Saludos

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