En una democracia genuina…

Por G. G. Jolly (Gen. 2009)

En una democracia genuina, cualquiera es —y debe de ser— libre para hacer el ridículo en público vistiéndose con plumas y lentejuelas o para expresar la primera sandez que se le ocurra, inclusive si es falsa u ofensiva para algunos. Una cosa es que, desde el punto de vista ético, exista un deber hacia la verdad y hacia el prójimo, pues no vivimos solos y, en aras a la paz social y la concordia política, debamos de guardar cierto decoro y esforzarnos por respetar a los demás y, otra, muy distinta, apelar al Estado como ente regulador —censor— del pensamiento.

Lo que debe de criticarse con todo rigor y aun atacarse sin tentarse el corazón no es el derecho de decir, sino lo que se hace y se dice. El respeto, al fin, es para las personas, no para las opiniones, pues hay opiniones falsas y opiniones malas; como no da igual el remedio que recomiende una tía que el que recete un médico ni que abogar por la esclavitud equivalga moralmente a defender el derecho inalienable a la libertad de todo ser humano.

Los creyentes católicos, por ejemplo, están en todo su derecho —y quizá en su deber, aunque les pese a los modernos juaristas— de proponer un loable ideal teológico de familia y sustentarlo con una antropología filosófica robusta —que los tienen—, y ésa puede, y ha de ser, su contribución al debate público. Que lo hagan, adelante, que todos seguramente nos beneficiaremos. Porque no es una buena idea, por un lado, que, en una sociedad democrática y postsecular, se restrinja la expresión, por motivos puramente ideológicos, de las voces incómodas y discordantes —ésas son las que más hay que defender si es que uno ha de presumir de demócrata y no caer en la intolerancia jacobina—; o cerremos los oídos a las fuentes de sentido tradicionales, religiosas, míticas, poéticas, teológicas o incluso mágicas de las que depende, en el fondo, la cosmovisión democrático-liberal —con perdón de la miope ortodoxia secular—, con su pueblo soberano, sus derechos humanos, su representatividad política, su autonomía individual, la mano invisible de sus mercados, la legalidad de sus instituciones, etc.

Por otro lado, no obstante, tampoco es que haya de respetarse sin más su postura por el simple hecho de ser diferente, de estar íntimamente arraigada en las tradiciones del país o de concordar con la ideología de ciertos grupos de poder. En efecto, si ese pensamiento diferente —que se autoproclama como único y absolutamente verdadero—, partiendo de tesis cuestionables psicológica, ética y aun teológicamente (como que la orientación homo-sexual es ‘intrínsecamente desordenada’ y aun patológica) sugiere que la identidad psico-afectiva-sexual de todo un grupo de personas es anómala y desviada, que su conducta es un vicio reprobable, que su vida de pareja es falsa y que sus reivindicaciones políticas no son legítimas sino que obedecen ciegamente a una perniciosa conspiración, entonces, ha de ser criticado, refutado, mofado y rechazado. Porque no supone una contribución a la convivencia democrática mediante la creación de espacios de sentido ni proponiendo ideas alternativas que enriquezcan el debate público, sino una cruzada que reivindica privilegios y no derechos, que lanza provocaciones —como el autobús en pro de la ‘Familia’— en vez de tender manos, que grita y no escucha, que defiende su ideología como un bastión en vez de regarla como abono, que busca expandir su nicho de poder y no apuntalar el tejido común de la sociedad.

Las opiniones que incitan a la discriminación y hasta la violencia —por pasiva que sea—, aunque no deban de ser suprimidas mediante ningún tipo de coerción —cívica o estatal—, no merecen ningún respeto y sí una andanada de críticas bien fundadas, científica y filosóficamente sólidas, sin falacias ni sentimentalismos, que las desenmascaren en su crasa falsedad y supina inmoralidad.

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