¿Para quién está diseñada la ciudad en que vivimos?

Por Ramón Enrique Reyna García (Gen. 2014-2018)

Cierto viernes, al regresar de una grata reunión de amigos, me encontré inmerso en una escena desalentadora y bastante triste. Esa noche, una vía normalmente transitada, estaba cerrada por trabajos nocturnos: trabajos de tala de árboles en la Calzada de los Misterios. No eran muchos los arboles que se encontraban en el estrecho camellón, pero eran suficientes para darnos un poco de sombra y algo que respirar. Al día siguiente ya no estaban.  La calzada se encontraba más calurosa de lo habitual y se sentía su ausencia. Yo no entendía la razón de la tala, quizá los reemplazarían por nuevos diseños de primer mundo. Después de comentarlo, concluí que se trataba de una preparación para el metrobús que se construiría. Independientemente de esta teoría, este hecho fue la clave para darme cuenta que nuestra ciudad daba pasos muy extraños. Los cambios que ha sufrido la ciudad son siempre con un claro objetivo: capacitar las calles para el paso de los vehículos.

Las calles son cada vez más grises. Se tornan de un color urbano que grita “¡humanidad!”. Las calles cada vez son más calurosas y y menos verdesEl olor no es a tierra o a vegetación, sino a contaminación y basura.  Las plantas están encerradas en el lugar que les designo el gobierno y no tienen permitido crecer libres. La madera mojada de los árboles es reemplazada por materiales sintéticos de aquella imitación de naturaleza que trata de fingir una pequeña bocanada de aire limpio. La civilización se sienta en el lugar de la naturaleza y no tiene intenciones de quitarse de ese lugar.

Las obras que se realizan en la ciudad son de construcciones enormes, nuevos puentes, nuevas vías principales, nuevas banquetas, más transporte y un pequeño espacio para las bicicletas. Las banquetas por otro lado son lo suficientemente grandes para que pase una persona caminando, pero nada más. Las vías principales están adornadas de tal manera que los automóviles puedan andar  mejor y no sean entorpecidos por algo más. 

La ciudad  adquiere cada vez más la forma de un gran estacionamiento  y no de un hogar para seres vivos.  Cada vez más autos y cada vez menos plantas. Nuestros deseos de progreso son siempre primero antes que nuestra humanidad. La personas metropolitanas corren de un lado a otro y olvidan todo lo que no tenga que ver con trabajo y consumo.  El tiempo cada vez nos alcanza menos para la jardinería y más para trabajar o ponernos al corriente en las series favoritas. La tranquilidad no existe porque no hay pausas. Todo aquello que sea símbolo de paz y tranquilidad se ve arrollado y aniquilado por  nuestro complejo sistema de vida. Eso hace que ni las plantas ni nuestra naturaleza animal tengan lugar en la ciudad. Ser lentos no es un signo de humanidad, sino de debilidad que ha de ser arrollada por una ola cada vez más grande.

Si las ciudades están cada vez más dispuestas para los autos y la vida atareada de los negocios, ¿habrá algún momento en que nosotros no tengamos lugar en aquello que nosotros mismos creamos?

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