Viaje en metro

Por Bernardo Sainz (gen. 2011-2015)

Dicen que la solución a problemas como la discriminación y el clasismo consiste en viajar. Se debería especificar que el viaje que más sirve para este propósito es el viaje en metro.

Prácticamente seguía siendo un adolescente cuando llegué a esta ciudad. En los primeros meses me hice adepto del metrobus, pero tardé en atreverme a usar el metro. Cuando por fin lo hice no fue por gusto ni curiosidad, fue genuina necesidad. La idea del metro y todos los mitos (y verdades) asociados hacían que le guardara especial reserva. Hoy pienso en lo afortunado que soy de haber llegado a vivir en una zona a la que llega el metro. No sólo lo digo por la practicidad que esto implica (ahora el trabajo me obliga a usar el metro casi todos los días), ni por lo que se disfruta esta ciudad sin usar el coche, sino por la formación obligada que significa la cercana convivencia con tantas personas.
Me explico, para alguien como yo, que había pasado toda la vida transportándose de manera práctica y eficiente desde la comodidad y el aislamiento de un automóvil, el adaptarse a la convivencia subterránea es un proceso formativo en términos de ciudadanía, sobre todo a una edad en la que creo que se forman las convicciones más sólidas y se toman algunas de las decisiones más relevantes. El viaje en metro es una de las mejores experiencias de lo público. (Sí, esta nota está escrita desde el privilegio y probablemente sólo sea leída por otros privilegiados).
Me atrevo a decir que existen al menos 3 experiencias sensibilizadoras-politizantes de viajar en metro. Entiéndase por “politizante” que lleva a formar parte de manera más completa de la polis, es decir de la comunidad, que lleva a entender mejor a los ciudadanos que la componen.

1.- Ver caras. Acostumbrarse a las caras más repetidas y a las más diversas, a todo tipo de caras como iguales, sin barreras y al mismo nivel. No estoy diciendo que no pensara que todos somos iguales antes de viajar en metro, pero ciertas cosas no basta conocerlas en teoría. Me parece imprescindible vivir esa igualdad y absorberla para poder actuar en consecuencia. Ver todo tipo de caras, desde abogados bien peinados y agotadas amas de casa hasta caras llenas de piercings y tatuajes con peinados alocados, cada una persiguiendo su propio destino te hace sensible a la diversidad y consciente de la igualdad.

2.- Ver actividades ordinarias. Soy un metiche. Veo fondos de pantalla, mensajes y mucho candy crush, veo mujeres (y hombres) maquillarse, veo muchos libros de superación personal y novelas que me gustaría leer, escucho conversaciones laborales, escolares y pleitos de pareja, acentos y léxicos floridos, pero una de las cosas que más me llama la atención es ver en cada vagón, cada mañana, publicaciones como El Gráfico, Metro, Basta, o Pásala. Tres temas clave en todas ellas: fútbol, mujeres semidesnudas y violencia extrema. Estas publicaciones, sin haber tenido nunca una copia en las manos, me muestran mucho de lo que está en la mente de los pasajeros. Ver estas actividades te lleva poco a poco y en su justa medida a entender los intereses de las personas, a no idealizar ni satanizar a los demás respetables miembros de la polis.

3.- El contacto físico. No hay de otra. El viaje en el Metro de la Ciudad de México a veces implica tocar gente o al menos tocar cosas que gente ha tocado. Puede no ser agradable, de hecho muchas veces la he pasado muy mal, pero a pesar del asco que te pueda dar, o el miedo a que te roben el celular en plena marabunta, eventualmente llegas a la conclusión de que no pasa nada. Así de fácil, la realización vivencial de algo que todos sabemos, en general no te pasa nada si tocas a un extraño. El Metro te humaniza en ese sentido, las personas con las que compartes trayecto son tan personas como tú, tienen tanto calor como tú y disfrutan tan poco de estar apretados como tú. No eres especial. Claro que en este punto no me refiero de ninguna manera a los asquerosos y reprobables abusos que se cometen todos los días contra mujeres en el metro (eso sería tema para otro escrito), me refiero a la experiencia general del vagón a reventar.

No he dicho más que lo evidente, el viaje subterráneo te acerca a la ciudad, y si se hace con frecuencia creo que es capaz de reventar algunas burbujas.
No, ir a la villa o de misiones no sustituyen la formación que algunos de nosotros privilegiados hemos obtenido del metro. El metro, junto con muchas otras cosas, ha sido clave para ponerle una cara real a esta ciudad, y para comenzar a ponerle una cara a este país cuando hablo de sus problemas y de sus posibles soluciones.
Bien decía Carlos Llano que la Universidad Panamericana debía estar cerca de un Metro, no sé si lo decía por estas razones, pero creo con firmeza que yo pensaría de una manera muy diferente de haber estudiado en una universidad en Santa Fe… o en Bosque Real.

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