El voto castigo y el peligro del populismo

Por Julieta Rodríguez (8vo semestre, FilosofíaUP)

Parece que, como sociedad, hemos llegado a la decadencia democrática. El hartazgo y disgusto que causan los escándalos de corrupción gubernamental, los crímenes, la impunidad, las injusticias y la violencia provocan un preocupante hastío social ante todo aquello que tenga un tufillo de política.

Entonces, llega el discurso populista, la promesa casi providencial de que un mesías nos puede salvar de los abusos de las administraciones pasadas con un retórica que conmueve y un discurso dirigido al pueblo. El populismo suena refrescante contra el sistema tradicional. Pero es peligroso. Toma las fibras más sensibles de una sociedad y las explota a su mayor beneficio como estrategia en la búsqueda del poder. América latina se ha visto plagada con ejemplos de este discurso, pero el mundo entero, en el último año, se encuentra envuelto en movimientos populistas tanto de derecha como de izquierda. Discursos que enaltecen la patria y que cierran fronteras, ideologías que engrandecen a los más necesitados o compromisos con utopías comunistas de las que conocemos sus daños. La promesa de un estado gobernado por un, perfectamente ficticio, “nosotros, el pueblo”. Hoy en día, todas estas ideas nos suenan peligrosamente conocidas.

Es cierto que el discurso populista algo tiene, un imaginario que seduce pero que no convence lo suficiente como para tener una victoria avasalladora en una Democracia sana; un discurso más en el centro y sin tantos extremos es siempre preferible. Pero actualmente el populismo cuenta con un as bajo la manga, el llamado “voto castigo”. Algo así como votar por el menos peor. Este hartazgo, del que ya hablamos, es el fertilizante perfecto para que el populismo tenga posibilidades en una Democracia. El fastidio generalizado ante el gobierno, sus políticos, instituciones y pocas garantías; hace que los ciudadanos consideren votar por un discurso como este, antes que seguir en la mala administración que ya conoce.

“¿Qué !@#*$ está pasando con la democracia?”

Pero ¿a quién se castiga en realidad? ¿al mal y excesivo uso del poder? ¿al corrupto? ¿al ladrón? ¿al honrado? ¿al ciudadano? ¿al pueblo? ¿la adinerado, al necesitado, al intelectual, a jóvenes, a viejos? o ¿a todos los anteriores? Lamentablemente este es el peligro del populismo, sus consecuencias no son tan fáciles de vislumbrar y todavía no son claras, pero lo cierto es que nos perjudican a todos. La Democracia Liberal tiene una forma de proceder mucho más tranquila y, en algunos casos, lenta. Es frágil y depende en gran medida de un pueblo que, para bien o para mal, es muy difícil de satisfacer, tanto a corto como a largo plazo y más en una época como en la que nos tocó vivir. Lo que en su momento parecía ser el mejor aliado de la Democracia (las redes sociales), resultó un arma de doble filo que le ha dado un poder demasiado fuerte a la opinión popular; esa opinión refugiada en el anonimato, que mucho dice pero que poco hace y que tiene un peso agobiante.

Ésta sería mi respuesta a ¿qué !@#*$ está pasando con la democracia y por qué reaccionamos de este modo? Pienso que es de suponer mi miedo hacia el camino que muchas naciones están tomando, más cuando el mayor representante de la Democracia de casi dos siglos, Estados Unidos, es otro populista.

Tal vez no todo esté perdido, tal vez podemos hacer algo más que resignarnos a que el gran populista de nuestro país gane las elecciones en 2018. La verdad es que todavía no tengo claro el camino, pero de lo que no tengo duda es que la propuesta populista no es la solución y, que el voto castigo, más que una sanción contra los excesos del poder, es una auto-condena a una tiranía que la mayoría apoya por ser “lo menos peor”. ¿Qué nos queda? A mi manera de ver, un contra peso contra la mala (esperemos corta) racha que está teniendo la Democracia, queda la participación de los jóvenes en los asuntos políticos, en los asuntos de todos. Si un punto fuerte del discurso populista es que es refrescante contra los desencantos políticos de hoy en día; la intervención de una mirada jovial me parece mucho más refrescante, necesaria y deseable que cualquier otro viejo discurso.

Un comentario

  1. Julieta Rodríguez, sobrina de Aurelio N. A un paso de ganar 160,000 pesos mensuales (diputada plurinominal), se desgarra por demostrar la superioridad de un señor que asegura que pobres, pobres (sic) en México a lo sumo diez millones.

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