El lugar privilegiado para los peones

Por Ramón Enrique Reyna García (Gen. 2014-2018)

“El ajedrez es un juego que promueve las diferencias de clases”, se quejó alguien cierto día mientras platicaba sobre ajedrez. A decir verdad, no dejo de pensar en aquella sutil crítica, desd ese día, a cada momento me entraba una fría duda: ¿Estaba aprendiendo a discriminar?
No fue hasta que, tiempo después, mientras resolvía un ejercicio de ajedrez (“juegan blancas y son tablas”), me vi iluminado por unos cuantos segundos. La respuesta apareció en una gran advertencia que me había enseñado mi maestro: “Existen dos valores en el ajedrez, el valor absoluto y el relativo”.

“El ajedrez respeta las reglas más básicas del funcionamiento de una sociedad”.

El valor absoluto es, por así decirlo, una consideración que se hace sobre una pieza por sus cualidades internas: saber cuántos escaques puede moverse en el tablero y cuáles son los movimientos que puede realizar. En este sentido, la crítica inicial consideraba que una pieza siempre y en todo momento valía más por su rango de acción. Nuestro sujeto en cuestión consideró que el tener más capacidad de actuar es ser mejor. ¡Vaya clasista! Nunca advirtió que hay que considerar el valor relativo de las piezas. Así, en el ejercicio mencionado, para lograr las tablas (el empate), en lugar de coronar un peón y convertirlo en una dama, era preciso coronar por una pieza con un menor valor, a saber, un caballo. En otras palabras: el valor absoluto de la pieza se veía totalmente opacado por el valor relativo.
Resulta que las piezas nunca funcionan si no es sobre un tablero, no tienen valor absoluto sin su campo de juego. Lo irónico es que las piezas en un tablero sólo adquieren valor posicional. Lo mismo pasa en la sociedad. No hay ninguna clase que funcione con valores absolutos, aunque lo parezca en un principio, al final siempre se ve oscurecida por el valor relativo. No hay presidente que pueda prescindir de las actividades primarias de su nación. Digámoslo con ajedrez: si quitáramos los peones del tablero, las demás piezas caerían con rapidez y, probablemente, quedarían obsoletas. Un peón en un buen lugar vale más que una dama desviada de la protección de su rey. Al final una dama puede ser opacada por un peón que no vale más que un punto. El ajedrez respeta las reglas más básicas del funcionamiento de una sociedad y, como dijo Steinitz : “Los peones son el alma del ajedrez”.

Un comentario

  1. Pero el rey no tiene un valor relativo. Todo el juego gira alrededor de él. Y las piezas adquieren su valor relativo en relación con él, de acuerdo con lo que le pueden hacer al otro rey o lo que pueden hacer para proteger al propio rey. O sea que sí es un juego jerárquico y clasista, además de sexista (el rey es más importante que la reina). ¿Qué le vamos a hacer? ¿Lo prohibimos? ¿O mejor jugamos damas chinas?

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