Academia: GYM 24/7

Por Enrique Siqueiros

1. Académico o ciudadano.

Nos tocó estar en Washington D.C. en la primera semana del presidente Donald J. Trump. Asistimos a un programa de la Maestría en Gobierno para estudiar el sistema político gringo y para medir las aguas del momento.

Nobody knew” fue la expresión con la que nos recibió el organizador del programa, Grant Reeher, profesor de ciencia política de la Universidad de Siracusa. Encuestas, académicos, periodistas, sátiros, expertos, todos se equivocaron en el devenir de los acontecimientos, salvo algunos locos como el cineasta Michael Moore y los filósofos Zizek y Chomsky. Y, a tres meses de la transición pacífica de poder, todos seguimos sin saber, bien a bien, qué va a pasar con nuestro país vecino y con ese señor. Una palabra: incertidumbre.

¿Cuándo perdimos el control del barco? ¿Por qué perdimos el Norte? Valió la pena el viaje académico porque quizá encontré una respuesta. Aunque no donde esperaba.

“Encuestas, académicos, periodistas, sátiros, expertos, todos se equivocaron en el devenir de los acontecimientos…”.

Entrados en el programa escuchamos la sesión de Sarah Binder, profesora de Georgetown y experta en el Congreso Norteamericano, quien, discutiendo sobre la conveniencia de ciertas legislaciones, se detuvo para atender una pregunta:

—¿Pero qué opina usted sobre x problema del Congreso?

—¿Me lo preguntas como académica o como ciudadana? —respondió automáticamente.

Y ahí entendí todo.

Bueno… algo.

Qué tan abstracto, complejo e impersonal se ha vuelto el sistema político —ideologizado, dirán algunos—, y qué tan aislado se encuentra el faro de vigilancia académica, para que una reconocida especialista en la política de su país no pueda conciliar sus 30 años de vivencia ciudadana (aprox.) con el conocimiento del orden o desorden de su ciudad. (Para empezar, el resentimiento de una clase que hace años dejó de vivir el “estilo de vida americano”: the basket of deplorables, los llamó Hillary Clinton). Dejémoslo más claro: si los political scientists son incapaces de usar sus herramientas conceptuales de teoría política para comprender la realidad política, ¿qué podemos esperar de un especialista en biología molecular o un scholar del Uno Bien en Plotino, es decir, cualquier otro académico profesional? Ya saben, la gente más pensante en nuestra sociedad.

En las conclusiones del programa se me ocurrió alzar la mano y comentarle al profesor Reeher mi inquietud acerca de la expresión de la investigadora de Georgetown. No tuve que terminar de formular la pregunta con mi inglés atropellado. Él, sorprendido, la terminó por mí. De entrada, no esperaba que, en un auditorio de funcionarios públicos mexicanos —mis compañeros—, a alguien le interesara un tema tan aburrido como la academia. Se detuvo entusiasmado, tomó aire para cambiar de chip, y me compartió un artículo escrito hace más de 20 años: Reheer, Grant, Professionals and Citizens in the Political Science Polity, 1995. No es un tema nuevo, ya mucho se ha hablado de las desventajas de la inevitable profesionalización, lo que no hemos discutido a fondo es cómo la profesionalización de los académicos los ha alejado del mundo social en un momento donde tenemos clara conciencia teórica y jurídica de la jerarquía de valores y las urgencias sociales. Nada más hay que leer el primer artículo de nuestra Constitución y cualquier reporte del CONEVAL.

“Hay un claro divorcio entre la academia y la vida pública, entre la teoría y la práctica”.

Así como los académicos están lejos de la realidad, también lo están sus teorías. Hoy, por ejemplo, somos testigos de cómo los paradigmas, modelos y herramientas de los expertos políticos ya no alcanzan para medir y entender fenómenos sociales o grupos demográficos particulares. En el caso de EEUU, una parte importante de la población que vive al margen. De ahí la inesperada y enorme cantidad de votantes de Trump: los antiestablishment, los resentidos del sistema.

Hay un claro divorcio entre la academia y la vida pública, entre la teoría y la práctica: entre los que piensan y los que ejecutan.  En cada país se dará por diferentes razones, entre ellas la inevitable especialización, pero es un hecho que en un momento donde los retos sociales rebasan a los gobiernos y se requiere la participación activa de la ciudadanía organizada, sufrimos ese vicio estructural: nuestro músculo intelectual está sistemáticamente encerrado en el gimnasio —llámense universidades, facultades, laboratorios, claustros, monasterios, entre otros— y poco o nada pueden decir de lo que está pasando y, sobre todo, poco o nada pueden proponer. El caso de México es claro por los contrastes, pues existe una minoría de académicos profesionales desconectada de la realidad del mexicano promedio (escolaridad secundaria); y es alarmante porque en esa realidad mayoritaria existen muchas urgencias vitales.

Nuestro músculo intelectual está encerrado en el gimnasio.

¿Dónde están los expertos en analizar hechos, pedir razones, señalar matices, denunciar falacias, identificar causas profundas e imaginar alternativas?

— Pero yo no soy experto en política mexicana: me dedico al Comentario a las sentencias de Pedro Lombardo (o al spleen de Baudelaire o a la física de partículas o al emblemática del barroco español en los siglos XV y XVI).

— Ajá, ¿y no eres ciudadano mexicano?

— Sí, por eso respeto la ley, pago mis impuestos y salgo a votar.

— Mira allá afuera. ¿Te parece suficiente? ¿Cómo apoya tu profesión a las urgencias del bien común?

— Dice Aristóteles que buscamos el saber “en vista del conocimiento, y no por alguna utilidad”.

— ¿Y de qué vivía Aristóteles?

— Tenía un mecenas… y algunos esclavos.

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