Sesión I: México: ¿crisis o decadencia?

I. Julio Hubard y Sergio González R.

Decadencia: cuando la conversación no importa.

Si tuviésemos que describir la situación mexicana en una palabra, ¿cuál sería la más apropiada? Preguntarnos esto es relevante porque toda solución pertinente depende de un planteamiento del problema bien hecho. Uno de los caminos más provechosos para llegar a una resolución comienza con el esclarecimiento de los términos o situaciones con las que nos enfrentamos, de modo tal que el problema se enuncie de la manera más clara posible. Aquí el camino que se siguió en la primera sesión del Seminario Ámbitos de la Ciudadanía.

Julio Hubard comenzó su exposición diferenciando los términos crisis y decadencia. Mientras que le es propio a la crisis encontrar una solución, la decadencia es semejante al síndrome. Un síndrome tiene como característica ser crónico: repetirse con frecuencia y no hallar una cura permanente. ¿Por qué diagnosticar a la situación actual como decadente? Hubard se remite a un ejemplo histórico, en el que encontramos luz para contestar esta pregunta: el Imperio Romano.

El Imperio Romano tiene dos características que lo llevan a la decadencia: la lógica imperial y su estructura vertical. La lógica imperial es la que permite a Roma sus conquistas y depende esencialmente de un ejército poderoso. La asociación del Imperio con la fuerza proviene del miedo, factor que se obtiene gracias a las intervenciones del ejército. El problema con el ejército es que consume mucho y no produce nada, dejando un déficit que sólo puede ser cubierto conquistando más territorio. Por otro lado, la estructura vertical del Imperio permite la corrupción del sistema. La corrupción tiene la capacidad de corroer hasta el más recóndito lugar de la estructura vertical, posicionándose como el sistema de gobierno operante. Aquí podemos encontrar una especie de institucionalización de la corrupción, en la que el ciudadano se encuentra sin poder alguno. Hasta aquí, tenemos que un ciudadano del Imperio Romano tiene dos características: miedo y falta de poder.

Cambiando la estrategia discursiva, Julio Hubard nos ofrece otra ilustración de la decadencia: un buque petrolero. El buque no detendrá su camino, sin importar la situación. Peor es el resultado si no tiene frenos. ¿Qué hacer cuando se es pasajero de dicha nave? El pasajero puede elegir quedarse en el buque y bajarse de él. Hubard propone abandonar el buque tan pronto sea posible: “esta época no sólo da para hacerse a un lado de la decadencia, más bien nos urge hacernos a un lado.”

Cuando Nerón se presenta a dar su primer discurso, los ancianos se burlan de él. Les parecía inconcebible que Nerón pensara por sí mismo las palabras que salían de su boca. Y no estaban en un error, el discurso fue hecho por Séneca. De ahí en adelante hay una añoranza por el pasado dorado; ningún emperador es lo suficientemente bueno como los anteriores. Encontramos que el lenguaje tiene mucho  —o todo— que ver cuando queremos saber si una sociedad es decadente. Hubard prosigue analizando los modos del habla, hallando que en éstos encontramos síntomas de decadencia.

El expositor mencionó que en toda civilización decadente encontramos una diferencia en los modos del habla, que se relaciona con las clases sociales. Esta diferencia encuentra su expresión en la creación de la corrección política; hay modos apropiados para decir las cosas de acuerdo con quién se habla. La decantación de la corrección política es el silencio, no es necesario censurar abiertamente el discurso porque el ciudadano no habla.

El ciudadano no sólo tiene miedo y no tiene poder, ahora está en silencio. Estas tres situaciones del ciudadano permiten la proliferación de legislaciones. Se da una relación pervertida entre ley, derecho y bien que puede enunciarse de la siguiente manera: todo lo bueno debe ser ley. La superpoblación de leyes es una muestra clara de la decadencia de una sociedad porque todo está sujeto al poder del Estado. ¿Cuál es el papel del ciudadano frente a un Estado que parece omnipotente?

Volviendo al principio; ¿bajo qué criterios podemos decir que México  —y Occidente en general— está en una situación decadente? A manera de test: si usted leyó la exposición de Julio Hubard y percibió que su realidad es parecida, entonces usted se encuentra en una sociedad decadente. Habría que ver cómo se baja uno del buque y las alternativas de vida una vez abandonada la nave.

Al comenzar su exposición, Sergio González refirió al modelo comunicativo: “flash noticioso y apelación a la emotividad”. Propuso, frente a esto, abrirnos a la realidad trascendental, a la verdad que Alejandro Llano llamó exógena. Por esto recurrió a Giorgio Agamben, para hallar “una manera de construir otra participación hacia el futuro”.

Habló de biopolítica —el control de la sociedad a través del cuerpo—, del estado de excepción, del homo sacer, del totalitarismo moderno —las democracias acuden cada vez más al estado de excepción— y del campo —que no fue una excepción histórica sino persiste—.

Distinguió dos fuerzas opuestas en la historia: (1) la infinita, afín al Estado y al infierno, y (2) la finita, como la vida del humano, afín a la salvación y al mesías.
Insistió en que en México no hay Estado sino un “An-estado”, que está fuera y en contra del Estado.

Los dos expositores ofrecieron un diagnóstico de la situación Occidental, prestando especial atención al fenómeno mexicano. Parece más claro ahora que el mundo no es tal cual nos lo pintan y que el problema de la decadencia tiene alcances grandes que deben llamarnos a la reflexión profunda.

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